sábado, 7 de febrero de 2009

PESADILLA

Le dije a Charlie que tenía un montón de deberes pendientes y ningún apetito. Había un partido de baloncesto que lo tenía entusiasmado, aunque, por supuesto, yo no tenía ni idea de por qué era especial, así que no se percató de nada inusual en mi rostro o en mi voz.
Una vez en mi habitación, cerré la puerta. Registré el escritorio hasta encontrar mis viejos cascos y los conecté a mi pequeño reproductor de CD. Elegí un disco que Phil me había regalado por Navidad. Era uno de sus grupos predilectos, aunque, para mi gusto, gritaban demasiado y abusaba un poco del bajo. Lo introduje en el reproductor y me tendí en la cama. Me puse los auriculares, pulsé el botón play y subí el volumen hasta que me dolieron los oídos. Cerré los ojos, pero la luz aún me molestaba, por lo que me puse una almohada encima del rostro. Me concentré con mucha atención en la música, intentando comprender las letras, desenredarlas entre el complicado golpeteo de la batería. La tercera vez que escuché el CD entero, me sabía al menos la letra entera de los estribillos. Me sorprendió descubrir que, después de todo, una vez que conseguí superar el ruido atronador, el grupo me gustaba. Tenía que volver a darle las gracias a Phil.
Y funcionó. Los demoledores golpes me impedían pensar, que era el objetivo final del asunto. Escuché el CD una y otra vez hasta que canté de cabo a rabo todas las canciones y al fin me dormí.
Abrí los ojos en un lugar conocido. En un rincón de mi conciencia sabía que estaba soñando. Reconocí el verde fulgor del bosque y oí las olas batiendo las rocas en algún lugar cercano. Sabía que podría ver el sol si encontraba el océano. Intenté seguir el sonido del mar, pero entonces Jacob Black estaba allí, tiraba de mi mano, haciéndome retroceder hacia la parte más sombría del bosque.
— ¿Jacob? ¿Qué pasa? —pregunté. Había pánico en su rostro mientras tiraba de mí con todas sus fuerzas para vencer mi resistencia, pero yo no quería entrar en la negrura.
— ¡Corre, Bella, tienes que correr! —susurró aterrado.
— ¡Por aquí, Bella! ——reconocí la voz que me llamaba desde el lúgubre corazón del bosque; era la de Mike, aunque no podía verlo.
— ¿Por qué? —pregunté mientras seguía resistiéndome a la sujeción de Jacob, desesperada por encontrar el sol.
Pero Jacob, que de repente se convulsionó, soltó mi mano y profirió un grito para luego caer sobre el suelo del bosque oscuro. Se retorció bruscamente sobre la tierra mientras yo lo contemplaba aterrada.
— ¡Jacob! —chillé.
Pero él había desaparecido y lo había sustituido un gran lobo de ojos negros y pelaje de color marrón rojizo. El lobo me dio la espalda y se alejó, encaminándose hacia la costa con el pelo del dorso erizado, gruñendo por lo bajo y enseñando los colmillos.
— ¡Corre, Bella! —volvió a gritar Mike a mis espaldas, pero no me di la vuelta. Estaba contemplando una luz que venía hacia mí desde la playa.
Y en ese momento Edward apareció caminando muy deprisa de entre los árboles, con la piel brillando tenuemente y los ojos negros, peligrosos. Alzó una mano y me hizo señas para que me acercara a él. El lobo gruñó a mis pies.
Di un paso adelante, hacia Edward. Entonces, él sonrió. Tenía dientes afilados y puntiagudos.
—Confía en mí —ronroneó.
Avancé un paso más.
El lobo recorrió de un salto el espacio que mediaba entre el vampiro y yo, buscando la yugular con los colmillos.
— ¡No! —grité, levantando de un empujón la ropa de la cama.
El repentino movimiento hizo que los cascos tiraran el reproductor de CD de encima de la mesilla. Resonó sobre el suelo de madera.
La luz seguía encendida. Totalmente vestida y con los zapatos puestos, me senté sobre la cama. Desorientada, eché un vistazo al reloj de la cómoda. Eran las cinco y media de la madrugada.
Gemí, me dejé caer de espaldas y rodé de frente. Me quité las botas a puntapiés, aunque me sentía demasiado incómoda para conseguir dormirme. Volví a dar otra vuelta y desabotoné los vaqueros, sacándomelos a tirones mientras intentaba permanecer en posición horizontal. Sentía la trenza del pelo en la parte posterior de la cabeza, por lo que me ladeé, solté la goma y la deshice rápidamente con los dedos. Me puse la almohada encima de los ojos.
No sirvió de nada, por supuesto. Mi subconsciente había sacado a relucir exactamente las imágenes que había intentado evitar con tanta desesperación. Ahora iba a tener que enfrentarme a ellas.
Me incorporé, la cabeza me dio vueltas durante un minuto mientras la circulación fluía hacia abajo. Lo primero es lo primero, me dije a mí misma, feliz de retrasar el asunto lo máximo posible. Tomé mi neceser.
Sin embargo, la ducha no duró tanto como yo esperaba. Pronto no tuve nada que hacer en el cuarto de baño, incluso a pesar de haberme tomado mi tiempo para secarme el pelo con el secador. Crucé las escaleras de vuelta a mi habitación envuelta en una toalla. No sabía si Charlie aún dormía o si se había marchado ya. Fui a la ventana a echar un vistazo y vi que el coche patrulla no estaba. Se había ido a pescar otra vez.
Me puse lentamente el chándal más cómodo que tenía y luego arreglé la cama, algo que no hacía jamás. Ya no podía aplazarlo más, por lo que me dirigí al escritorio y encendí el viejo ordenador.
Odiaba utilizar Internet en Forks. El módem estaba muy anticuado, tenía un servicio gratuito muy inferior al de Phoenix, de modo que, viendo que tardaba tanto en conectarse, decidí servirme un cuenco de cereales entretanto.
Comí despacio, masticando cada bocado con lentitud. Al terminar, lavé el cuenco y la cuchara, los sequé y los guardé. Arrastré los pies escaleras arriba y lo primero de todo recogí del suelo el reproductor de CD y lo situé en el mismo centro de la mesa. Desconecté los cascos y los guardé en un cajón del escritorio. Luego volví a poner el mismo disco a un volumen lo bastante bajo para que sólo fuera música de fondo.
Me volví hacia el ordenador con otro suspiro. La pantalla estaba llena de popups de anuncios y comencé a cerrar todas las ventanitas. Al final me fui a mi buscador favorito, cerré unos cuantos popups más, y tecleé una única palabra.
Vampiro.
Fue de una lentitud que me sacó de quicio, por supuesto. Había mucho que cribar cuando aparecieron los resultados. Todo cuanto concernía a películas, series televisivas, juegos de rol, música undergroundy compañías de productos cosméticos góticos. Entonces encontré un sitio prometedor: «Vampiros, de la A a la Z». Esperé con impaciencia a que el navegador cargara la página, haciendo clic rápidamente en cada anuncio que surgía en la pantalla para cerrarlo. Finalmente, la pantalla estuvo completa: era una página simple con fondo blanco y texto negro, de aspecto académico. La página de inicio me recibió con dos citas.
No hay en todo el vasto y oscuro mundo de espectros y demonios ninguna criatura tan terrible, ninguna tan temida y aborrecida, y aun así aureolada por una aterradora fascinación, como el vampiro, que en sí mismo no es espectro ni demonio, pero comparte con ellos su naturaleza oscura y posee las misteriosas y terribles cualidades de ambos.
Reverendo Montague Summers
Si hay en este mundo un hecho bien autenticado, ése es el de los vampiros. No le falta de nada: informes oficiales, declaraciones juradas de personajes famosos, cirujanos, sacerdotes y magistrados. Las pruebas judiciales son de lo más completas, y aun así, ¿hay alguien que crea en vampiros?
Rousseau
El resto del sitio consistía en un listado alfabético de los diferentes mitos de los vampiros por todo el mundo. El primero en el que hice clic fue el danag, un vampiro filipino a quien se suponía responsable de la plantación de taro en las islas mucho tiempo atrás. El mito aseguraba que los danag trabajaron con los hombres durante muchos años, pero la colaboración finalizó el día en que una mujer se cortó el dedo y un danag lamió la herida, ya que disfrutó tanto del sabor de la sangre que la desangró por completo.
Leí con atención las descripciones en busca de algo que me resultara familiar, dejando sólo lo verosímil. Parecía que la mayoría de los mitos sobre los vampiros se concentraban en reflejar a hermosas mujeres como demonios y a los niños como víctimas. También parecían estructuras creadas para explicar la alta tasa de mortalidad infantil y proporcionar a los hombres una coartada para la infidelidad. En muchas de las historias se mezclaban espíritus incorpóreos y admoniciones contra los entierros realizados incorrectamente. No había mucho que guardara parecido con las películas que había visto, y sólo a unos pocos, como el estrie hebreo y el upier polaco, les preocupaba el beber sangre.
Sólo tres entradas atrajeron de verdad mi atención: el rumano varacolaci, un poderoso no muerto que podía aparecerse como un hermoso humano de piel pálida, el eslovaco nelapsi, una criatura de tal fuerza y rapidez que era capaz de masacrar toda una aldea en una sola hora después de la medianoche, y otro más, el stregoni benefici.
Sobre este último había una única afirmación.
Stregoni benefici: vampiro italiano que afirmaba estar del lado del bien; era enemigo mortal de todos los vampiros diabólicos.
Aquella pequeña entrada constituía un alivio, era el único entre cientos de mitos que aseguraba la existencia de vampiros buenos.
Sin embargo, en conjunto, había pocos que coincidieran con la historia de Jacob o mis propias observaciones. Había realizado mentalmente un pequeño catálogo y lo comparaba cuidadosamente con cada mito mientras iba leyendo. Velocidad, fuerza, belleza, tez pálida, ojos que cambiaban de color, y luego los criterios de Jacob: bebedores de sangre, enemigos de los hombres lobo, piel fría, inmortalidad. Había muy pocos mitos en los que encajara al menos un factor.
Y había otro problema adicional a raíz de lo que recordaba de las pocas películas de terror que había visto y que se reforzaba con aquellas lecturas: los vampiros no podían salir durante el día porque el sol los quemaría hasta reducirlos a cenizas. Dormían en ataúdes todo el día y sólo salían de noche.
Exasperada, apagué el botón de encendido del ordenador sin esperar a cerrar el sistema operativo correctamente. Sentí una turbación aplastante a pesar de toda mi irritación. ¡Todo aquello era tan estúpido! Estaba sentada en mi cuarto rastreando información sobre vampiros. ¿Qué era lo que me sucedía? Decidí que la mayor parte de la culpa estaba fuera del umbral de mi puerta, en el pueblo de Forks y, por extensión, en la húmeda península de Olympic.
Tenía que salir de la casa, pero no había ningún lugar al que quisiera ir que no implicara conducir durante tres días. Volví a calzarme las botas, sin tener muy claro adonde dirigirme, y bajé las escaleras. Me envolví en mi impermeable sin comprobar qué tiempo hacía y salí por la puerta pisando fuerte.
Estaba nublado, pero aún no llovía. Ignoré el coche y empecé a caminar hacia el este, cruzando el patio de la casa de Charlie en dirección al bosque.
No transcurrió mucho tiempo antes de que me hubiera adentrado en él lo suficiente para que la casa y la carretera desaparecieran de la vista y el único sonido audible fuera el de la tierra húmeda al succionar mis botas y los súbitos silbos de los arrendajos.
La estrecha franja de un sendero discurría a lo largo del bosque; de lo contrario no me hubiera arriesgado a vagabundear de aquella manera por mis propios medios, ya que carecía de sentido de la orientación y era perfectamente capaz de perderme en parajes mucho menos alambicados. El sendero se adentraba más y más en el corazón del bosque, incluso puedo aventurar que casi siempre rumbo Este. Serpenteaba entre los abetos y las cicutas, entre los tejos y los arces. Tenía leves nociones de los árboles que había a mi alrededor, y todo cuanto sabía se lo debía a Charlie, que me había ido enseñando sus nombres desde la ventana del coche patrulla cuando yo era pequeña. A muchos no los identificaba y de otros no estaba del todo segura porque estaban casi cubiertos por parásitos verdes.
Seguí el sendero impulsada por mi enfado conmigo misma. Una vez que éste empezó a desaparecer, aflojé el paso. Unas gotas de agua cayeron desde el dosel de ramas de las alturas, pero no estaba segura de si empezaba a llover o si se trataba de los restos de la lluvia del día anterior, acumulada sobre el haz de las hojas, y que ahora goteaba lentamente en el suelo. Un árbol caído recientemente —sabía que esto era así porque no estaba totalmente cubierto de musgo— descansaba sobre el tronco de uno de sus hermanos, cuyo resultado era la formación de una especie de banco no muy alto a pocos —y seguros— pasos del sendero. Llegué hasta él saltando con precaución por encima de los heléchos y me senté colocando la chaqueta de modo que estuviera entre el húmedo asiento y mi ropa. Apoyé la cabeza, cubierta por la capucha, contra el árbol vivo.
Aquél era el peor lugar al que podía haber acudido, debería de haberlo sabido, pero ¿a qué otro sitio podía ir? El bosque, de un verde intenso, se parecía demasiado al escenario del sueño de la última noche para alcanzar la paz de espíritu. Ahora que ya no oía el sonido de mis pasos sobre el barro, el silencio era penetrante. Los pájaros también permanecían callados y aumentó la frecuencia de las gotas, lo que parecía confirmar que allí arriba, en el cielo, estaba lloviendo. Ahora que me había sentado, la altura de los heléchos sobrepasaba la de mi cabeza, por lo que cualquiera hubiera podido caminar por la senda a tres pies de distancia sin verme.
Allí, entre los árboles, resultaba mucho más fácil creer en los disparates de los que me avergonzaba dentro de la casa. Nada había cambiado en aquel bosque durante miles de años, y todos los mitos y leyendas de mil países diferentes me parecían mucho más verosímiles en medio de aquella calima verde que en mi despejado dormitorio.
Me obligué a concentrarme en las dos preguntas vitales que debía contestar, pero lo hice a regañadientes.
Primero tenía que decidir si podía ser cierto lo que Jacob me había dicho sobre los Cullen.
Mi mente respondió de inmediato con una rotunda negativa. Resultaba estúpido y mórbido entretenerse con unas ideas tan ridículas. Pero, en ese caso, ¿qué pasaba?, me pregunté. No había una explicación racional a por qué seguía viva en aquel momento. Hice recuento mental de lo que había observado con mis propios ojos: lo inverosímil de su fortaleza y velocidad, el color cambiante de los ojos, del negro al dorado y viceversa, la belleza sobrehumana, la piel fría y pálida, y otros pequeños detalles de los que había tomado nota poco a poco: no parecía comer jamás y se movía con una gracia turbadora. Y luego estaba la forma en que hablaba a veces, con cadencias poco habituales y frases que encajaban mejor con el estilo de una novela de finales del siglo XIX que de una clase del siglo XXI. Había hecho novillos el día que hicimos la prueba del grupo sanguíneo, tampoco se negó a ir de camping a la playa hasta que supo adonde íbamos a ir, y parecía saber lo que pensaban cuantos le rodeaban, salvo yo. Me había dicho que era el malo de la película, peligroso...
¿Podían ser vampiros los Cullen?
Bueno, eran algo. Y lo que empezaba a tomar forma delante de mis ojos incrédulos excedía la posibilidad de una explicación racional. Ya fuera uno de los fríos o se cumpliera mi teoría del superhéroe, Edward Cullen no era... humano. Era algo más.
Así pues... tal vez. Ésa iba a ser mi respuesta por el momento.
Y luego estaba la pregunta más importante. ¿Qué iba a hacer si resultaba ser cierto?
¿Qué haría si Edward fuera... un vampiro? Apenas podía obligarme a pensar esas palabras. Involucrar a nadie más estaba fuera de lugar. Ni siquiera yo misma me lo creía, quedaría en ridículo ante cualquiera a quien se lo dijera.
Sólo dos alternativas parecían prácticas. La primera era aceptar su aviso: ser lista y evitarle todo lo posible, cancelar nuestros planes y volver a ignorarlo tanto como fuera capaz, fingir que entre nosotros existía un grueso e impenetrable muro de cristal en la única clase que estábamos obligados a compartir, decirle que se alejara de mí... y esta vez en serio.
Me invadió de repente una desesperación tan agónica cuando consideré esa opción que el mecanismo de mi mente de rechazar el dolor provocó que pasara rápidamente a la siguiente alternativa.
No hacer nada diferente. Después de todo, hasta la fecha, no me había causado daño alguno aunque fuera algo... siniestro. De hecho, sería poco más que una abolladura en el guardabarros de Tyler si él no hubiera actuado con tanta rapidez. Tanta, me dije a mí misma, que podría haber sido puro reflejo: ¿Cómo puede ser malo si tiene reflejos para salvar vidas?, pensé. No hacía más que darle vueltas sin obtener respuestas.
Había una cosa de la que estaba segura, si es que estaba segura de algo: el oscuro Edward del sueño de la pasada noche sólo era una reacción de mi miedo ante el mundo del que había hablado Jacob, no del propio Edward. Aun así, cuando chillé de pánico ante el ataque del hombre lobo, no fue el miedo al licántropo lo que arrancó de mis labios ese grito de « ¡no!», sino a que él resultara herido. A pesar de que me había llamado con los colmillos afilados, temía por él.
Y supe que tenía mi respuesta. Ignoraba si en realidad había tenido elección alguna vez. Ya me había involucrado demasiado en el asunto. Ahora que lo sabía, si es que lo sabía, no podía hacer nada con mi aterrador secreto, ya que cuando pensaba en él, en su voz, sus ojos hipnóticos y la magnética fuerza de su personalidad, no quería otra cosa que estar con él de inmediato, incluso si... Pero no podía pensar en ello, no aquí, sola en la penumbra del bosque, no mientras la lluvia lo hiciera tan sombrío como el crepúsculo debajo del dosel de ramas y disperso como huellas en un suelo enmarañado de tierra. Me estremecí y me levanté deprisa de mi escondite, preocupada porque la lluvia hubiera borrado la senda.
Pero ésta permanecía allí, nítida y sinuosa, para que saliera del goteante laberinto verde. La seguí de forma apresurada, con la capucha bien calada sobre la cabeza, sin dejar de sorprenderme, mientras pasaba entre los árboles casi a la carrera, de lo lejos que había llegado. Empecé a preguntarme si me dirigía a alguna salida o si la senda llevaría hasta más allá de los confines del bosque. Atisbé algunos claros a través de la maraña de ramas antes de que me entrara demasiado pánico, y luego oí un coche pasar por la carretera, y allí estaba el jardín de Charlie que se extendía delante de mí, y la casa, que me llamaba y me prometía calor y calcetines secos.
Apenas era mediodía cuando entré. Subí las escaleras y me puse ropa de estar por casa, unos vaqueros y una camiseta, ya que no iba a salir. No me costó mucho esfuerzo concentrarme en la tarea para ese día, un trabajo sobre Macbeth que debía entregar el miércoles. Pergeñé un primer borrador del trabajo con una satisfacción y serenidad que no sentía desde... Bueno, para ser sincera, desde el jueves.
Esa había sido siempre mi forma de ser. Adoptar decisiones era la parte que más me dolía, la que me llevaba por la calle de la amargura. Pero una vez que tomaba la decisión, me limitaba a seguirla... Por lo general, con el alivio que daba el haberla tomado. A veces, el alivio se teñía de desesperación, como cuando resolví venir a Forks, pero seguía siendo mejor que pelear con las alternativas.
Era ridículamente fácil vivir con esta decisión. Peligrosamente fácil.
De ese modo, el día fue tranquilo y productivo. Terminé mi trabajo antes de las ocho. Charlie volvió a casa con abundante pesca, lo que me llevó a pensar en adquirir un libro de recetas para pescado cuando estuviera en Seattle la semana siguiente. Los escalofríos que corrían por mi espalda cada vez que pensaba en ese viaje no diferían de los que sentía antes de mi paseo con Jacob Black. Creía que serían distintos. Deberían serlo, ¡deberían serlo! Sabía que debería estar asustada, pero lo que sentía no era miedo exactamente.
Dormí sin sueños aquella noche, rendida como estaba por haberme levantado el domingo tan temprano y haber descansando tan poco la noche anterior. Por segunda vez desde mi llegada a Forks, me despertó la brillante luz de un día soleado.
Me levanté de un salto y corrí hacia la ventana; comprobé con asombro que apenas había nubes en el cielo, y las pocas que había sólo eran pequeños jirones algodonosos de color blanco que posiblemente no trajeran lluvia alguna. Abrí la ventana y me sorprendió que se abriera sin ruido ni esfuerzo alguno a pesar de que no se había abierto en quién sabe cuántos años, y aspiré el aire, relativamente seco. Casi hacía calor y apenas soplaba viento. Por mis venas corría la adrenalina.
Charlie estaba terminando de desayunar cuando bajé las escaleras y de inmediato se apercibió de mi estado de ánimo.
—Ahí fuera hace un día estupendo —comentó.
—Sí —coincidí con una gran sonrisa.
Me devolvió la sonrisa. La piel se arrugó alrededor de sus ojos castaños. Resultaba fácil ver por qué mi madre y él se habían lanzado alegremente a un matrimonio tan prematuro cuando Charlie sonreía. Gran parte del joven romántico que fue en aquellos días se había desvanecido antes de que yo le conociera, cuando su rizado pelo castaño —del mismo color que el mío, aunque de diferente textura— comenzaba a escasear y revelaba lentamente cada vez más y más la piel brillante de la frente. Pero cuando sonreía, podía atisbar un poco del hombre que se había fugado con Renée cuando ésta sólo tenía dos años más que yo ahora.
Desayuné animadamente mientras contemplaba revolotear las motas de polvo en los chorros de luz que se filtraban por la ventana trasera. Charlie me deseó un buen día en voz alta y luego oí que el coche patrulla se alejaba. Vacilé al salir de casa, impermeable en mano. No llevarlo equivaldría a tentar al destino. Lo doblé sobre el brazo con un suspiro y salí caminando bajo la luz más brillante que había visto en meses.
A fuerza de emplear a fondo los codos, fui capaz de bajar del todo los dos cristales de las ventanillas del monovolumen. Fui una de las primeras en llegar al instituto. No había comprobado la hora con las prisas de salir al aire libre. Aparqué y me dirigí hacia los bancos del lado sur de la cafetería, que de vez en cuando se usaban para algún picnic. Los bancos estaban todavía un poco húmedos, por lo que me senté sobre el impermeable, contenta de poder darle un uso. Había terminado los deberes, fruto de una escasa vida social, pero había unos cuantos problemas de Trigonometría que no estaba segura de haber resuelto bien. Abrí el libro aplicadamente, pero me puse a soñar despierta a la mitad de la revisión del primer problema. Garabateé distraídamente unos bocetos en los márgenes de los deberes. Después de algunos minutos, de repente me percaté de que había dibujado cinco pares de ojos negros que me miraban fijamente desde el folio. Los borré con la goma.
— ¡Bella! —oí gritar a alguien, y parecía la voz de Mike.
Al mirar a mi alrededor comprendí que la escuela se había ido llenando de gente mientras estaba allí sentada, distraída. Todo el mundo llevaba camisetas, algunos incluso vestían shorts a pesar de que la temperatura no debería sobrepasar los doce grados. Mike se acercaba saludando con el brazo, lucía unos shorts de color caqui y una camiseta a rayas de rugby.
Se sentó a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja y las cuidadas puntas del pelo reluciendo a la luz del sol. Estaba tan encantado de verme que no pude evitar sentirme satisfecha.
—No me había dado cuenta antes de que tu pelo tiene reflejos rojos —comentó mientras atrapaba entre los dedos un mechón que flotaba con la ligera brisa.
—Sólo al sol.
Me sentí incómoda cuando colocó el mechón detrás de mi oreja.
—Hace un día estupendo, ¿eh?
—La clase de días que me gustan —dije mostrando mi acuerdo.
— ¿Qué hiciste ayer?
El tono de su voz era demasiado posesivo.
—Me dediqué sobre todo al trabajo de Literatura.
No añadí que lo había terminado, no era necesario parecer pagada de mí misma. Se golpeó la frente con la base de la mano.
—Ah, sí... Hay que entregarlo el jueves, ¿verdad?
—Esto... Creo que el miércoles.
— ¿El miércoles? —Frunció el ceño—. Mal asunto. ¿Sobre qué has escrito el tuyo?
—Acerca de la posible misoginia de Shakespeare en el tratamiento de los personajes femeninos.
Me contempló como si le hubiera hablado en chino.
—Supongo que voy a tener que ponerme a trabajar en eso esta noche —dijo desanimado—. Te iba a preguntar si querías salir.
—Ah.
Me había pillado con la guardia bajada. ¿Por qué ya no podía mantener una conversación agradable con Mike sin que acabara volviéndose incómoda?
—Bueno, podíamos ir a cenar o algo así... Puedo trabajar más tarde.
Me sonrió lleno de esperanza.
—Mike... —odiaba que me pusieran en un aprieto—. Creo que no es una buena idea.
Se le descompuso el rostro.
— ¿Por qué? —preguntó con mirada cautelosa. Mis pensamientos volaron hacia Edward, preguntándome si también Mike pensaba lo mismo.
—Creo, y te voy dar una buena tunda sin remordimiento alguno como repitas una sola palabra de lo que voy a decir —le amenacé—, que eso heriría los sentimientos de Jessica.
Se quedó aturdido. Era obvio que no pensaba en esa dirección de ningún modo.
—Jessica?
—De verdad, Mike, ¿estás ciego?
—Vaya —exhaló claramente confuso.
Aproveché la ventaja para escabullirme.
—Es hora de entrar en clase, y no puedo llegar tarde.
Recogí los libros y los introduje en mi mochila.
Caminamos en silencio hacia el edificio tres. Mike iba con expresión distraída. Esperaba que, cualesquiera que fueran los pensamientos en los que estuviera inmerso, éstos le condujeran en la dirección correcta.
Cuando vi a Jessica en Trigonometría, desbordaba entusiasmo. Ella, Angela y Lauren iban a ir de compras a Port Angeles esa tarde para buscar vestidos para el baile y quería que yo también fuera, a pesar de que no necesitaba ninguno. Estaba indecisa. Sería agradable salir del pueblo con algunas amigas, pero Lauren estaría allí y quién sabía qué podía hacer esa tarde... Pero ése era definitivamente el camino erróneo para dejar correr mi imaginación...
De modo que le respondí que tal vez, explicándole que primero tenía que hablar con Charlie.
No habló de otra cosa que del baile durante todo el trayecto hasta clase de Español y continuó, como si no hubiera habido interrupción alguna, cuando la clase terminó al fin, cinco minutos más tarde de la hora, y mientras nos dirigíamos a almorzar. Estaba demasiado perdida en el propio frenesí de mis expectativas como para comprender casi nada de lo que decía. Estaba dolorosamente ávida de ver no sólo a Edward sino a todos los Cullen, con el fin de poder contrastar en ellos las nuevas sospechas que llenaban mi mente. Al cruzar el umbral de la cafetería, sentí deslizarse por la espalda y anidar en mi estómago el primer ramalazo de pánico. ¿Serían capaces de saber lo que pensaba? Luego me sobresaltó un sentimiento distinto. ¿Estaría esperándome Edward para sentarse conmigo otra vez?
Fiel a mi costumbre, miré primero hacia la mesa de los Cullen. Un estremecimiento de pánico sacudió mi vientre al percatarme de que estaba vacía. Con menor esperanza, recorrí la cafetería con la mirada, esperando encontrarle solo, esperándome. El lugar estaba casi lleno —la clase de Español nos había retrasado—, pero no había rastro de Edward ni de su familia. El desconsuelo hizo mella en mí con una fuerza agobiante.
Anduve vacilante detrás de Jessica, sin molestarme en fingir por más tiempo que la escuchaba.
Habíamos llegado lo bastante tarde para que todo el mundo se hubiera sentado ya en nuestra mesa. Esquivé la silla vacía junto a Mike a favor de otra al lado de Angela. Fui vagamente consciente de que Mike ofrecía amablemente la silla a Jessica, y de que el rostro de ésta se iluminaba como respuesta.
Angela me hizo unas cuantas preguntas en voz baja sobre el trabajo de Macbeth, a las que respondí con la mayor naturalidad posible mientras me hundía en las espirales de la miseria. También ella me invitó a acompañarlas por la tarde, y ahora acepté, agarrándome a cualquier cosa que me distrajera.
Comprendí que me había aferrado al último jirón de esperanza cuando vi el asiento contiguo vacío al entrar en Biología, y sentí una nueva oleada de desencanto.
El resto del día transcurrió lentamente, con desconsuelo. En Educación física tuvimos una clase teórica sobre las reglas del bádminton, la siguiente tortura que ponían en mi camino, pero al menos eso significó que pude estar sentada escuchando en lugar de ir dando tumbos por la pista. Lo mejor de todo es que el entrenador no terminó, por lo que tendría otra jornada sin ejercicio al día siguiente. No importaba que me entregaran una raqueta antes de dejarme libre el resto de la clase.
Me alegré de abandonar el campus. De esa forma podría poner mala cara y deprimirme antes de salir con Jessica y compañía, pero apenas había traspasado el umbral de la casa de Charlie, Jessica me telefoneó para cancelar nuestros planes. Intenté mostrarme encantada de que Mike la hubiera invitado a cenar, aunque lo que en realidad me aliviaba era que al fin él parecía que iba a tener éxito, pero ese entusiasmo me sonó falso hasta a mí. Ella reprogramó nuestro viaje de compras a la tarde noche del día siguiente.
Aquello me dejaba con poco que hacer para distraerme. Había pescado en adobo, con una ensalada y pan que había sobrado la noche anterior, por lo que no quedaba nada que preparar. Me mantuve concentrada en los deberes, pero los terminé a la media hora. Revisé el correo electrónico y leí los mails atrasados de mi madre, que eran cada vez más apremiantes conforme se acercaban a la actualidad. Suspiré y tecleé una rápida respuesta.
Mamá:
Lo siento. He estado fuera. Me fui a la playa con algunos amigos y luego tuve que escribir un trabajo para el instituto.
Mis excusas eran patéticas, por lo que renuncié a intentar justificarme.
Hoy hace un día soleado. Lo sé, yo también estoy muy sorprendida, por lo que me voy a ir al aire libre para empaparme de toda la vitamina D que pueda. Te quiero.
Bella
Decidí matar una hora con alguna lectura que no estuviera relacionada con las clases. Tenía una pequeña colección de libros que me había traído a Forks. El más gastado por el uso era una recopilación de obras de Jane Austen. Lo seleccioné y me dirigí al patio trasero. Al bajar las escaleras tomé un viejo edredón roto del armario de la ropa blanca.
Ya fuera, en. el pequeño patio cuadrado de Charlie, doblé el edredón por la mitad, lejos del alcance de la sombra de los árboles, sobre el césped, que iba a permanecer húmedo sin importar durante cuánto tiempo brillara el sol. Me tumbé bocabajo, con los tobillos entrecruzados al aire, hojeando las diferentes novelas del libro mientras intentaba decidir cuál ocuparía mi mente a fondo. Mis favoritas eran Orgullo y prejuicio y Sentido y sensibilidad. Había leído la primera recientemente, por lo que comencé Sentido y sensibilidad, sólo para recordar al comienzo del capítulo tres que el protagonista de la historia se llamaba Edward. Enfadada, me puse a leer Mansfield Park, pero el héroe del texto se llamaba Edmund, y se parecía demasiado. ¿No había a finales del siglo XVIII más nombres? Aturdida, cerré el libro de golpe y me di la vuelta para tumbarme de espaldas. Me arremangué la blusa lo máximo posible y cerré los ojos. No quería pensar en otra cosa que no fuera el calor del sol sobre mi piel, me dije a mí misma. La brisa seguía siendo suave, pero su soplo lanzaba mechones de pelo sobre mi rostro, haciéndome cosquillas. Me recogí el pelo detrás de la cabeza, dejándolo extendido en forma de abanico sobre el edredón, y me concentré de nuevo en el calor que me acariciaba los párpados, los pómulos, la nariz, los labios, los antebrazos, el cuello y calentaba mi blusa ligera.
Lo próximo de lo que fui consciente fue el sonido del coche patrulla de Charlie al girar sobre las losas de la acera. Me incorporé sorprendida al comprender que la luz ya se había ocultado detrás de los árboles y que me había dormido. Miré a mi alrededor, hecha un lío, con la repentina sensación de no estar sola.
— ¿Charlie? —pregunté, pero sólo oí cerrarse de un portazo la puerta de su coche frente a la casa.
Me incorporé de un salto, con los nervios a flor de piel sin ningún motivo, para recoger el edredón, ahora empapado, y el libro. Corrí dentro para echar algo de gasóleo a la estufa al tiempo que me daba cuenta de que la cena se iba a retrasar. Charlie estaba colgando el cinto con la pistola y quitándose las botas cuando entré.
—Lo siento, papá, la cena aún no está preparada. Me quedé dormida ahí fuera —dije reprimiendo un bostezo.
—No te preocupes ——contestó—. De todos modos, quería enterarme del resultado del partido.
Vi la televisión con Charlie después de la cena, por hacer algo. No había ningún programa que quisiera ver, pero él sabía que no me gustaba el baloncesto, por lo que puso una estúpida comedia de situación que no disfrutamos ninguno de los dos. No obstante, parecía feliz de que hiciéramos algo juntos. A pesar de mi tristeza, me sentí bien por complacerle.
—Papá —dije durante los anuncios—, Jessica y Angela van a ir a mirar vestidos para el baile mañana por la tarde a Port Angeles y quieren que las ayude a elegir. ¿Te importa que las acompañe?
—Jessica Stanley? —preguntó.
—Y Angela Weber.
Suspiré mientras le daba todos los detalles.
—Pero tú no vas a asistir al baile, ¿no? —comentó. No lo entendía.
—No, papá, pero las voy a ayudar a elegir los vestidos —no tendría que explicarle esto a una mujer—. Ya sabes, aportar una crítica constructiva.
—Bueno, de acuerdo —pareció comprender que aquellos temas de chicas se le escapaban—. Aunque, ¿no hay colegio por la tarde?
—Saldremos en cuanto acabe el instituto, por lo que podremos regresar temprano. Te dejaré lista la cena, ¿vale?
—Bella, me he alimentado durante diecisiete años antes de que tú vinieras —me recordó.
—Y no sé cómo has sobrevivido —dije entre dientes para luego añadir con mayor claridad—: Te voy a dejar algo de comida fría en el frigorífico para que te prepares un par de sandwiches, ¿de acuerdo? En la parte de arriba.
Me dedicó una divertida mirada de tolerancia.
Al día siguiente, la mañana amaneció soleada. Me desperté con esperanzas renovadas que intenté suprimir con denuedo. Como el día era más templado, me puse una blusa escotada de color azul oscuro, una prenda que hubiera llevado en Phoenix durante lo más crudo del invierno.
Había planeado llegar al colegio justo para no tener que esperar a entrar en clase. Desmoralizada, di una vuelta completa al aparcamiento en busca de un espacio al tiempo que buscaba también el Volvo plateado, que, claramente, no estaba allí. Aparqué en la última fila y me apresuré a clase de Lengua, llegando sin aliento ni brío, pero antes de que sonara el timbre.
Ocurrió lo mismo que el día anterior. No pude evitar tener ciertas esperanzas que se disiparon dolorosamente cuando en vano recorrí con la mirada el comedor y comprobé que seguía vacío el asiento contiguo al mío de la mesa de Biología.
El plan de ir a Port Angeles por la tarde regresó con mayor atractivo al tener Lauren otros compromisos. Estaba ansiosa por salir del pueblo, para poder dejar de mirar por encima del hombro, con la esperanza de verlo aparecer de la nada como siempre hacía. Me prometí a mí misma que iba a estar de buen humor para no arruinar a Angela ni a Jessica el placer de la caza de vestidos. Puede que también yo hiciera algunas pequeñas compras. Me negaba a creer que esta semana podría ir de compras sola en Seattle porque Edward ya no estuviera interesado en nuestro plan. Seguramente no lo cancelaría sin decírmelo al menos.
Jessica me siguió hasta casa en su viejo Mercury blanco después de clase para que pudiera dejar los libros y mi coche. Me cepillé el pelo a toda prisa mientras estaba dentro, sintiendo resurgir una leve excitación ante la expectativa de salir de Forks. Sobre la mesa, dejé una nota para Charlie en la que le volvía a explicar dónde encontrar la cena, cambié mi desaliñada mochila escolar por un bolso que utilizaba muy de tarde en tarde y corrí a reunirme con Jessica. A continuación fuimos a casa de Angela, que nos estaba esperando. Mi excitación crecía exponencialmente conforme el coche se alejaba de los límites del pueblo.

TEORIA

— ¿Puedo hacerte sólo una pregunta más? —imploré mientras aceleraba a toda velocidad por la calle desierta. No parecía prestar atención alguna a la carretera.
Suspiró.
—Una —aceptó. Frunció los labios, que se convirtieron en una línea llena de recelo.
—Bueno... Dijiste que sabías que no había entrado en la librería y que me había dirigido hacia el sur. Sólo me preguntaba cómo lo sabías.
Desvió la vista a propósito.
—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas —refunfuñé.
Casi sonrió.
—De acuerdo. Seguí tu olor —miraba a la carretera, lo cual me dio tiempo para recobrar la compostura. No podía admitir que ésa fuera una respuesta aceptable, pero la clasifiqué cuidadosamente para estudiarla más adelante. Intenté retomar el hilo de la conversación. Tampoco estaba dispuesta a dejarle terminar ahí, no ahora que al fin me estaba explicando cosas.
—Aún no has respondido a la primera de mis preguntas —dije para ganar tiempo.
Me miró con desaprobación.
— ¿Cuál?
— ¿Cómo funciona lo de leer mentes? ¿Puedes leer la mente de cualquiera en cualquier parte? ¿Cómo lo haces? ¿Puede hacerlo el resto de tu familia...?
Me sentí estúpida al pedir una aclaración sobre una fantasía.
—Has hecho más de una pregunta —puntualizó. Me limité a entrecruzar los dedos y esperar—. Sólo yo tengo esa facultad, y no puedo oír a cualquiera en cualquier parte. Debo estar bastante cerca. Cuanto más familiar me resulta esa «voz», más lejos soy capaz de oírla, pero aun así, no más de unos pocos kilómetros —hizo una pausa con gesto meditabundo—. Se parece un poco a un enorme hall repleto de personas que hablan todas a la vez. Sólo es un zumbido, un bisbiseo de voces al fondo, hasta que localizo una voz, y entonces está claro lo que piensan... La mayor parte del tiempo no los escucho, ya que puede llegar a distraer demasiado y así es más fácil parecer normal—frunció el ceño al pronunciar la palabra—, y no responder a los pensamientos de alguien antes de que los haya expresado con palabras
Me miró con ojos enigmáticos.
— ¿Por qué crees que no puedes «oírme»? —pregunté con curiosidad.
—No lo sé —murmuró—. Mi única suposición es que tal vez tu mente funcione de forma diferente a la de los demás. Es como si tus pensamientos fluyeran en onda media y yo sólo captase los de frecuencia modulada.
Me sonrió, repentinamente divertido.
— ¿Mi mente no funciona bien? ¿Soy un bicho raro?
Esas palabras me preocuparon más de lo previsto, probablemente porque había dado en la diana. Siempre lo había sospechado, y me avergonzaba tener la confirmación.
—Yo oigo voces en la cabeza y es a ti a quien le preocupa ser un bicho raro —se rió—. No te inquietes, es sólo una teoría. .. —su rostro se tensó—. Y eso nos trae de vuelta a ti.
Suspiré. ¿Cómo empezar?
—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas —me recordó con dulzura.
Aparté la vista del rostro de Edward por primera vez en un intento de hallar las palabras y vi el indicador de velocidad.
— ¡Dios santo! —grité—. ¡Ve más despacio!
— ¿Qué pasa? —se sobresaltó, pero el automóvil no desaceleró.
— ¡Vas a ciento sesenta! —seguí chillando.
Elche una ojeada de pánico por la ventana, pero estaba demasiado oscuro para distinguir mucho. La carretera sólo era visible hasta donde alcanzaba la luz de los faros delanteros. El bosque que flanqueaba ambos lados de la carretera parecía un muro negro, tan duro como un muro de hierro si nos salíamos de la carretera a esa velocidad.
—Tranquilízate, Bella.
Puso los ojos en blanco sin reducir aún la velocidad.
— ¿Pretendes que nos matemos? —quise saber.
—No vamos a chocar.
Intenté modular el volumen de mi voz al preguntar:
— ¿Por qué vamos tan deprisa?
—Siempre conduzco así —se volvió y me sonrió torciendo la boca.
— ¡No apartes la vista de la carretera!
—Nunca he tenido un accidente, Bella, ni siquiera me han puesto una multa —sonrió y se acarició varias veces la frente—. A prueba de radares detectores de velocidad.
—Muy divertido —estaba que echaba chispas—. Charlie es policía, ¿recuerdas? He crecido respetando las leyes de tráfico. Además, si nos la pegamos contra el tronco de un árbol y nos convertimos en una galleta de Volvo, tendrás que regresar a pie.
—Probablemente —admitió con una fuerte aunque breve carcajada—, pero tú no —suspiró y vi con alivio que la aguja descendía gradualmente hasta los ciento veinte.
— ¿Satisfecha?
—Casi.
—Odio conducir despacio —musitó.
— ¿A esto le llamas despacio?
—Basta de criticar mi conducción —dijo bruscamente—, sigo esperando tu última teoría.
Me mordí el labio. Me miró con ojos inesperadamente amarillos—No me voy a reír —prometió.
—Temo más que te enfades conmigo.
— ¿Tan mala es?
—Bastante, sí.
Esperó. Tenía la vista clavada en mis manos, por lo que no le pude ver la expresión.
—Adelante —me animó con voz tranquila.
—No sé cómo empezar —admití.
— ¿Por qué no empiezas por el principio? Dijiste que no era de tu invención.
—No.
— ¿Cómo empezaste? ¿Con un libro? ¿Con una película? —me sondeó.
—No. Fue el sábado, en la playa —me arriesgué a alzar los ojos y contemplar su rostro. Pareció confundido—. Me encontré con un viejo amigo de la familia... Jacob Black —proseguí—. Su padre y Charlie han sido amigos desde que yo era niña.
Aún parecía perplejo.
—Su padre es uno de los ancianos de los quileute —lo examiné con atención. Una expresión helada sustituyó al desconcierto anterior—. Fuimos a dar un paseo... —evité explicarle todas mis maquinaciones para sonsacar la historia—, y él me estuvo contando viejas leyendas para asustarme —vacilé—. Me contó una...
—Continúa.
—... sobre vampiros.
En ese instante me di cuenta de que hablaba en susurros. Ahora no le podía ver la cara, pero sí los nudillos tensos, convulsos, de las manos en el volante.
— ¿E inmediatamente te acordaste de mí?
Seguía tranquilo.
—No. Jacob mencionó a tu familia.
Permaneció en silencio, sin perder de vista la carretera. De repente, me alarmé, preocupada por proteger a Jacob.
—Sólo creía que era una superstición estúpida —añadí rápidamente—. No esperaba que yo me creyera ni una palabra —mi comentario no parecía suficiente, por lo que tuve que confesar—: Fue culpa mía. Le obligué a contármelo.
— ¿Por qué?
—Lauren dijo algo sobre ti... Intentaba provocarme. Un joven mayor de la tribu mencionó que tu familia no acudía a la reserva, sólo que sonó como si aquello tuviera un significado especial, por lo que me llevé a Jacob a solas y le engañé para que me lo contara —admití con la cabeza gacha.
— ¿Cómo le engañaste?
—Intenté flirtear un poco... Funcionó mejor de lo que había pensado —la incredulidad llenó mi voz cuando lo evoqué.
—Me gustaría haberlo visto —se rió entre dientes de forma sombría—. Y tú me acusas de confundir a la gente... ¡Pobre Jacob Black!
Me puse colorada como un tomate y contemplé la noche a través de la ventanilla.
— ¿Qué hiciste entonces? —preguntó un minuto después.
—Busqué en Internet.
— ¿Y eso te convenció? —su voz apenas parecía interesada, pero sus manos aferraban con fuerza el volante.
—No. Nada encajaba. La mayoría eran tonterías, y entonces. .. —me detuve.
— ¿Qué?
—Decidí que no importaba —susurré.
— ¡¿Que no importaba?! —el tono de su voz me hizo alzar los ojos. La máscara tan cuidadosamente urdida se había roto finalmente. Tenía cara de incredulidad, con un leve atisbo de la rabia que yo temía.
—No —dije suavemente—. No me importa lo que seas.
— ¿No te importa que sea un monstruo? —su voz reflejó una nota severa y burlona
— ¿Que no sea humano?
—No.
Se calló y volvió a mirar al frente. Su rostro era oscuro y gélido.
—Te has enfadado —suspiré—. No debería haberte dicho nada.
—No —dijo con un tono tan severo como la expresión de su cara—. Prefiero saber qué piensas, incluso cuando lo que pienses sea una locura.
—Así que, ¿me equivoco otra vez? —le desafié.
—No me refiero a eso. «No importaba» —me citó, apretando los dientes.
— ¿Estoy en lo cierto? —contesté con un respingo.
— ¿Importa?
Respiré hondo.
—En realidad, no —hice una pausa—. Siento curiosidad.
Al menos, mi voz sonaba tranquila. De repente, se resignó.
— ¿Sobre qué sientes curiosidad?
— ¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete —respondió de inmediato.
— ¿Y cuánto hace que tienes diecisiete años?
Frunció los labios mientras miraba la carretera.
—Bastante —admitió, al fin.
—De acuerdo.
Sonreí, complacida de que al fin fuera sincero conmigo. Sus vigilantes ojos me miraban con más frecuencia que antes, cuando le preocupaba que entrara en estado de Shock. Esbocé una sonrisa más amplia de estímulo y él frunció el ceño.
—No te rías, pero ¿cómo es que puedes salir durante el día?
En cualquier caso, se rió.
—Un mito.
— ¿No te quema el sol?
—Un mito.
— ¿Y lo de dormir en ataúdes?
—Un mito —vaciló durante un momento y un tono peculiar se filtró en su voz—. No puedo dormir.
Necesité un minuto para comprenderlo.
— ¿Nada?
—Jamás —contestó con voz apenas audible.
Se volvió para mirarme con expresión de nostalgia. Sus ojos dorados sostuvieron mi mirada y perdí la oportunidad de pensar. Me quedé mirándolo hasta que él apartó la vista.
—Aún no me has formulado la pregunta más importante.
Ahora su voz sonaba severa y cuando me miró otra vez lo hizo con ojos gélidos. Parpadeé, todavía confusa.
— ¿Cuál?
— ¿No te preocupa mi dieta? —preguntó con sarcasmo.
—Ah —musité—, ésa.
—Sí, ésa —remarcó con voz átona—. ¿No quieres saber si bebo sangre?
Retrocedí.
—Bueno, Jacob me dijo algo al respecto.
— ¿Qué dijo Jacob? —preguntó cansinamente.
—Que no cazabais personas. Dijo que se suponía que vuestra familia no era peligrosa porque sólo dabais caza a animales.
— ¿Dijo que no éramos peligrosos?
Su voz fue profundamente escéptica.
—No exactamente. Dijo que se suponía que no lo erais, pero los quileutes siguen sin quereros en sus tierras, sólo por si acaso.
Miró hacia delante, pero no sabía si observaba o no la carretera.
—Entonces, ¿tiene razón en lo de que no cazáis personas? —pregunté, intentando alterar la voz lo menos posible.
—La memoria de los quileutes llega lejos... —susurró.
Lo acepté como una confirmación.
—Aunque no dejes que eso te satisfaga —me advirtió—. Tienen razón al mantener la distancia con nosotros.
—No comprendo.
—Intentamos... —explicó lentamente—, solemos ser buenos en todo lo que hacemos, pero a veces cometemos errores. Yo, por ejemplo, al permitirme estar a solas contigo.
— ¿Esto es un error?
Oí la tristeza de mi voz, pero no supe si él también lo había advertido.
—Uno muy peligroso —murmuró.
A continuación, ambos permanecimos en silencio. Observé cómo giraban las luces del coche con las curvas de la carretera. Se movían con demasiada rapidez, no parecían reales, sino un videojuego. Era consciente de que el tiempo se me escapaba rápidamente, se me acababa como la carretera que recorríamos, y tuve un miedo espantoso a no disponer de otra oportunidad para estar con él de nuevo como en este momento, abiertamente, sin muros entre nosotros. Sus palabras apuntaban hacia un fin y retrocedí ante esa idea. No podía perder ninguno de los minutos que tenía a su lado.
—Cuéntame más —pedí con desesperación, sin preocuparme de lo que dijera, sólo para oír su voz de nuevo.
Me miró rápidamente, sobresaltado por el cambio que se había operado en mi voz.
— ¿Qué más quieres saber?
—Dime por qué cazáis animales en lugar de personas —sugerí con voz aún alterada por la desesperación. Tomé conciencia de que tenía los ojos llorosos y luché contra el pesar que intentaba apoderarse de mí.
—No quiero ser un monstruo —explicó en voz muy baja.
—Pero ¿no bastan los animales?
Hizo una pausa.
—No puedo estar seguro, por supuesto, pero yo lo compararía con vivir a base de queso y leche de soja. Nos llamamos a nosotros mismos vegetarianos, es nuestro pequeño chiste privado. No sacia el apetito por completo, bueno, más bien la sed, pero nos mantiene lo bastante fuertes para resistir... la mayoría de las veces —su voz sonaba a presagio—. Unas veces es más difícil que otras. — ¿Te resulta muy difícil ahora?
Suspiró.
—Pero ahora no tienes hambre —aseveré con confianza, afirmando, no preguntando.
— ¿Qué te hace pensar eso?
—Tus ojos. Te dije que tenía una teoría. Me he dado cuenta de que la gente, y los hombres en particular, se enfada cuando tiene hambre.
Se rió entre dientes.
—Eres muy observadora, ¿verdad?
No respondí, sólo escuché el sonido de su risa y lo grabé en la memoria.
—Este fin de semana estuvisteis cazando, ¿verdad? —quise saber cuando todo se hubo calmado.
—Sí —calló durante un segundo, como si estuviera decidiendo decir algo o no—. No quería salir, pero era necesario. Es un poco más fácil estar cerca de ti cuando no tengo sed.
— ¿Por qué no querías marcharte?
—El estar lejos de ti me pone... ansioso —su mirada era amable e intensa; y me estremecí hasta la médula—. No bromeaba cuando te pedí que no te cayeras al mar o te dejaras atropellar el jueves pasado. Estuve abstraído todo el fin de semana, preocupándome por ti, y después de lo acaecido esta noche, me sorprende que hayas salido indemne del fin de semana —movió la cabeza; entonces recordó algo—. Bueno, no del todo.
— ¿Qué?
—Tus manos —me recordó.
Observé las palmas de mis manos y las rasgaduras casi curadas de los pulpejos. A Edward no se le escapaba nada.
—Me caí —reconocí con un suspiro.
—Eso es lo que pensé —las comisuras de sus labios se curvaron—. Supongo que, siendo tú, podía haber sido mucho peor, y esa posibilidad me atormentó mientras duró mi ausencia. Fueron tres días realmente largos y la verdad es que puse a Emmett de los nervios.
Me sonrió compungido.
— ¿Tres días? ¿No acabas de regresar hoy?
—No, volvimos el domingo.
—Entonces, ¿por qué no fuisteis ninguno de vosotros al instituto?
Estaba frustrada, casi enfadada, al pensar el gran chasco que me había llevado a causa de su ausencia.
—Bueno, me has preguntado si el sol me daña, y no lo hace, pero no puedo salir a la luz del día... Al menos, no donde me pueda ver alguien.
— ¿Por qué?
—Alguna vez te lo mostraré —me prometió.
Pensé en ello durante un momento.
—Me podías haber llamado —decidí.
Se quedó confuso.
—Pero sabía que estabas a salvo.
—Pero yo no sabía dónde estabas. Yo... —vacilé y entorné los ojos.
— ¿Qué? —me impelió con voz arrulladora.
—Me disgusta no verte. También me pone ansiosa.
Me sonrojé al decirlo en voz alta. Se quedó quieto y alzó la vista con aprensión. Observé su expresión apenada.
—Ay —gimió en voz baja—, eso no está bien.
No comprendí esa respuesta. ¿Qué he dicho?
— ¿No lo ves, Bella? De todas las cosas en que te has visto involucrada, es una de las que me hace sentir peor —fijó los ojos en la carretera abruptamente; habló a borbotones, a tal velocidad que casi no lo comprendí—. No quiero oír que te sientas así —dijo con voz baja, pero apremiante—. Es un error. No es seguro. Bella, soy peligroso. Grábatelo, por favor.
—No.
Me esforcé por no parecer una niña enfurruñada.
—Hablo en serio —gruñó.
—También yo. Te lo dije, no me importa qué seas. Es demasiado tarde.
—Jamás digas eso —espetó con dureza y en voz baja.
Me mordí el labio, contenta de que no supiera cuánto dolía aquello. Contemplé la carretera. Ya debíamos de estar cerca. Conducía mucho más deprisa.
— ¿En qué piensas? —inquirió con voz aún ruda.
Me limité á negar con la cabeza, no muy segura de que fuera capaz de hablar.
— ¿Estás llorando?
No me había dado cuenta de que la humedad de mis ojos se había desbordado. Rápidamente, me froté la mejilla con la mano y, efectivamente, allí estaban las lágrimas delatoras, traicionándome.
—No —negué, pero mi voz se quebró.
Le vi extender hacia mí la diestra con vacilación, pero luego se contuvo y lentamente la volvió a poner en el volante.
—Lo siento —se disculpó con voz pesarosa.
Supe que no sólo se estaba disculpando por las palabras que me habían perturbado. La oscuridad se deslizaba a nuestro lado en silencio.
—Dime una cosa —pidió después de que hubiera transcurrido otro minuto, y le oí controlarse para que su tono fuera ligero.
— ¿Sí?
—Esta noche, justo antes de que yo doblara la esquina, ¿en qué pensabas? No comprendí tu expresión... No parecías asustada, sino más bien concentrada al máximo en algo.
—Intentaba recordar cómo incapacitar a un atacante, ya sabes. .. autodefensa. Le iba a meter la nariz en el cerebro a ese... —pensé en el tipo moreno con una oleada de odio.
— ¿Ibas a luchar contra ellos? —eso le perturbó—. ¿No pensaste en correr?
—Me caigo mucho cuando corro —admití.
— ¿Y en chillar?
—Estaba a punto de hacerlo.
Sacudió la cabeza.
—Tienes razón. Definitivamente, estoy luchando contra el destino al intentar mantenerte con vida.
Suspiré. Al traspasar los límites de Forks fuimos más despacio. El viaje le había llevado menos de veinte minutos.
— ¿Te veré mañana? —quise saber.
—Sí. También he de entregar un trabajo —me sonrió—. Te reservaré un asiento para almorzar.
Después de todo lo que habíamos pasado aquella noche, era una tontería que esa pequeña promesa me causara tal excitación y me impidiera articular palabra.
Estábamos enfrente de la casa de Charlie. Las luces estaban encendidas y mi coche en su sitio. Todo parecía absolutamente normal. Era como despertar de un sueño. Detuvo el vehículo, pero no me moví.
— ¿Me prometes estar ahí mañana?
—Lo prometo.
Sopesé la respuesta durante unos instantes y luego asentí con la cabeza. Me quité la cazadora después de olería por última vez.
—Te la puedes quedar... No tienes una para mañana —me recordó.
Se la devolví.
—No quiero tener que explicárselo a Charlie.
—Ah, de acuerdo.
Esbozó una amplia sonrisa. Con la mano en la manivela, vacilé mientras intentaba prolongar el momento.
— ¿Bella? —dijo en tono diferente, serio y dubitativo.
— ¿Sí? —me volví hacia él con demasiada avidez.
— ¿Vas a prometerme algo?
—Sí —respondí, y al momento me arrepentí de mi incondicional aceptación. ¿Qué ocurría si me pedía que me alejara de él? No podía mantener esa promesa.
—No vayas sola al bosque.
Le miré fijamente, totalmente confusa.
— ¿Por qué?
Frunció el ceño y miró con severidad por la ventana.
—No soy la criatura más peligrosa que ronda por ahí fuera. Dejémoslo así.
Me estremecí levemente ante su repentino tono sombrío, pero estaba aliviada. Al menos, ésta era una promesa fácil de cumplir.
—Lo que tú digas.
—Nos vemos mañana —suspiró, y supe que deseaba que saliera del coche.
—Entonces, hasta mañana.
Abrí la puerta a regañadientes.
— ¿Bella?
Me di la vuelta mientras se inclinaba hacía mí, por lo que tuve su espléndido rostro pálido a unos centímetros del mío. Mi corazón se detuvo.
—Que duermas bien —dijo.
Su aliento rozó mi cara, aturdiéndome. Era el mismo exquisito aroma que emanaba de la cazadora, pero de una forma más concentrada. Parpadeé, totalmente deslumbrada. Edward se alejó.
Fui incapaz de moverme hasta que se me despejó un poco la mente. Entonces salí del coche con torpeza, teniendo que apoyarme en el marco de la puerta. Creí oírle soltar una risita, pero el sonido fue demasiado bajo para confirmar que fuera cierto.
Aguardó hasta que llegué a trancas y barrancas a la puerta y entonces oí el sonido del motor del coche. Me volví a tiempo de contemplar el vehículo plateado desapareciendo detrás de la esquina. Me di cuenta de que hacía mucho frío.
Tomé la llave de forma maquinal, abrí la puerta y entré. Charlie me llamó desde el cuarto de estar.
— ¿Bella?
—Sí, papá, soy yo.
Fui hasta allí. Estaba viendo un partido de baloncesto.
—Has vuelto pronto.
— ¿Sí? —estaba sorprendida.
—Aún no son ni las ocho —me dijo—. ¿Os habéis divertido?
—Sí, nos lo hemos pasado muy bien —la cabeza me dio vueltas al intentar recordar todo el asunto de la salida de chicas que había planeado—. Las dos encontraron vestidos.
— ¿Te encuentras bien?
—Sólo cansada. He caminado mucho.
—Bueno, quizás deberías acostarte ya.
Parecía preocupado. Me pregunté qué aspecto tendría mi cara.
—Antes debo llamar a Jessica.
—Pero ¿no acabas de estar con ella? —preguntó sorprendido.
—Sí, pero me dejé la cazadora en su coche. Quiero asegurarme de que mañana me la trae.
—Bueno, al menos dale tiempo de llegar a casa.
—Cierto —acepté.
Fui a la cocina y caí exhausta en una silla. Entonces empecé a marearme de verdad. Me pregunté si, después de todo, no iba a entrar en estado de sbock. ¡Contrólate!, me dije.
El teléfono me sobresaltó cuando sonó de repente. Levanté el auricular de un tirón.
— ¿Diga? —pregunté entrecortadamente.
— ¿Bella?
—Hola, Jes. Ahora te iba a llamar.
— ¿Estás eh casa?—su voz reflejaba sorpresa y alivio.
—Sí. Me dejé la cazadora en tu coche. ¿Me la puedes traer mañana?
—Claro, pero ¡dime qué ha pasado! —exigió.
—Eh, mañana, en Trigonometría, ¿vale?
Lo pilló al vuelo.
—Ah, tu padre está ahí, ¿no?
—Sí, exacto.
—De acuerdo. En ese caso, mañana hablamos —percibí la impaciencia en su voz—. ¡Adiós!
—Adiós, Jess.
Subí lentamente las escaleras mientras un profundo sopor me nublaba la mente. Me preparé para irme a la cama sin prestar atención a lo que hacía. No me percaté de que estaba helada hasta que estuve en la ducha, con el agua —demasiado caliente— quemándome la piel. Tirité violentamente durante varios minutos; después, el chorro de agua relajó mis músculos agarrotados. Luego, sumamente cansada para moverme, permanecí en la ducha hasta que se acabó el agua caliente.
Salí a trompicones y envolví mi cuerpo con una toalla en un intento de conservar el calor del agua para que no regresaran las dolorosas tiritonas. Rápidamente me puse el pijama. Me acurruqué debajo de la colcha, avovillándome como una pelota, abrazándome, para conservar el calor. Me estremecí varias veces.
La cabeza me seguía dando vueltas, llena de imágenes que no lograba comprender y algunas otras que intentaba reprimir. Al principio, no tenía nada claro, pero cuando gradualmente me fui acercando al sueño, se me hicieron evidentes algunas certezas.
Estaba totalmente segura de tres cosas. Primera, Edward era un vampiro. Segunda, una parte de él, y no sabía lo potente que podía ser esa parte, tenía sed de mi sangre. Y tercera, estaba incondicional e irrevocablemente enamorada de él.

INTERROGATORIOS

A la mañana siguiente resultó muy difícil discutir con esa parte de mí que estaba convencida de que la noche pasada había sido un sueño. Ni la lógica ni el sentido común estaban de mi lado. Me aferraba a las partes que no podían ser de mi invención, como el olor de Edward. Estaba segura de que algo así jamás hubiera sido producto de mis propios sueños.
En el exterior, el día era brumoso y oscuro. Perfecto. Edward no tenía razón alguna para no asistir a clase hoy. Me vestí con ropa de mucho abrigo al recordar que no tenía la cazadora, otra prueba de que mis recuerdos eran reales.
Al bajar las escaleras, descubrí que Charlie ya se había ido. Era más tarde de lo que creía. Devoré en tres bocados una barra de muesli acompañada de leche, que bebí a morro del cartón, y salí a toda prisa por la puerta. Con un poco de suerte, no empezaría a llover hasta que hubiera encontrado a Jessica.
Había más niebla de lo acostumbrado, el aire parecía impregnado de humo. Su contacto era gélido cuando se enroscaba a la piel expuesta del cuello y el rostro. No veía el momento de llegar al calor de mi vehículo. La neblina era tan densa que hasta que no estuve a pocos metros de la carretera no me percaté de que en ella había un coche, un coche plateado. Mi corazón latió despacio, vaciló y luego reanudó su ritmo a toda velocidad.
No vi de dónde había llegado, pero de repente estaba ahí, con la puerta abierta para mí.
— ¿Quieres dar una vuelta conmigo hoy? —preguntó, divertido por mi expresión, sorprendiéndome aún desprevenida.
Percibí incertidumbre en su voz. Me daba a elegir de verdad, era libre de rehusar y una parte de él lo esperaba. Era una esperanza vana.
—Sí, gracias —acepté e intenté hablar con voz tranquila.
Al entrar en el caluroso interior del coche me di cuenta de que su cazadora color canela colgaba del reposacabezas del asiento del pasajero. Cerró la puerta detrás de mí y, antes de lo que era posible imaginar, se sentó a mi lado y arrancó el motor.
—He traído la cazadora para ti. No quiero que vayas a enfermar ni nada por el estilo.
Hablaba con cautela. Me di cuenta de que él mismo no llevaba cazadora, sólo una camiseta gris de manga larga con cuello de pico. De nuevo, el tejido se adhería a su pecho musculoso. El que apartara la mirada de aquel cuerpo fue un colosal tributo a su rostro.
—No soy tan delicada —dije, pero me puse la cazadora sobre el vientre e introduje los brazos en las mangas, demasiado largas, con la curiosidad de comprobar si el aroma podía ser tan bueno como lo recordaba. Era mejor.
— ¿Ah, no? —me contradijo en voz tan baja que no estuve segura de si quería que lo oyera.
El vehículo avanzó a toda velocidad entre las calles cubiertas por los jirones de niebla. Me sentía cohibida. De hecho, lo estaba. La noche pasada todas las defensas estaban bajas... casi todas. No sabía si seguíamos siendo tan candidos hoy. Me mordí la lengua y esperé a que hablara él.
Se volvió y me sonrió burlón.
— ¿Qué? ¿No tienes veinte preguntas para hoy?
— ¿Te molestan mis preguntas? —pregunté, aliviada.
—No tanto como tus reacciones.
Parecía bromear, pero no estaba segura. Fruncí el ceño.
— ¿Reaccioné mal?
—No. Ese es el problema. Te lo tomaste todo demasiado bien, no es natural. Eso me hace preguntarme qué piensas en realidad.
—Siempre te digo lo que pienso de verdad.
—Lo censuras —me acusó.
—No demasiado.
—Lo suficiente para volverme loco.
—No quieres oírlo —mascullé casi en un susurro.
En cuanto pronuncié esas palabras, me arrepentí de haberlo hecho. El dolor de mi voz era muy débil. Sólo podía esperar que él no lo hubiera notado.
No me respondió, por lo que me pregunté si le había hecho enfadar. Su rostro era inescrutable mientras entrábamos en el aparcamiento del instituto. Ya tarde, se me ocurrió algo.
— ¿Dónde están tus hermanos? —pregunté, muy contenta de estar a solas con él, pero recordando que habitualmente ese coche iba lleno.
—Han ido en el coche de Rosalie —se encogió de hombros mientras aparcaba junto a un reluciente descapotable rojo con la capota levantada—. Ostentoso, ¿verdad?
—Eh... ¡Caramba! —musité—. Si ella tiene esto, ¿por qué viene contigo?
—Como te he dicho, es ostentoso. Intentamos no desentonar.
—No tenéis éxito. —Me reí y sacudí la cabeza mientras salíamos del coche. Ya no llegábamos tarde; su alocada conducción me había traído a la escuela con tiempo de sobra—. Entonces, ¿por qué ha conducido Rosalie hoy si es más ostentoso?
— ¿No lo has notado? Ahora, estoy rompiendo todas las reglas.
Se reunió conmigo delante del coche y permaneció muy cerca de mí mientras caminábamos hacia el campus. Quería acortar esa pequeña distancia, extender la mano y tocarle, pero temía que no fuera de su agrado.
— ¿Por qué todos vosotros tenéis coches como ésos si queréis pasar desapercibidos? —me pregunté en voz alta.
—Un lujo —admitió con una sonrisa traviesa—. A todos nos gusta conducir deprisa.
—Me cuadra —musité.
Con los ojos a punto de salirse de sus órbitas, Jessica estaba esperando debajo del saliente del tejado de la cafetería. Sobre su brazo, bendita sea, estaba mi cazadora.
—Eh, Jessica —dije cuando estuvimos a pocos pasos—. Gracias por acordarte.
Me la entregó sin decir nada.
—Buenos días, Jessica —la saludó amablemente Edward. No tenía la culpa de que su voz fuera tan irresistible ni de lo que sus ojos eran capaces de obrar.
—Eh... Hola —posó sus ojos sobre mí, intentando reunir sus pensamientos dispersos—. Supongo que te veré en Trigonometría.
Me dirigió una mirada elocuente y reprimí un suspiro. ¿Qué demonios iba a decirle?
—Sí, allí nos vemos.
Se alejó, deteniéndose dos veces para mirarnos por encima del hombro.
— ¿Qué le vas a contar? —murmuró Edward.
— ¡Eh! ¡Creía que no podías leerme la mente! —susurré.
—No puedo —dijo, sobresaltado. La comprensión relució en los ojos de Edward—, pero puedo leer la suya. Te va a tender una emboscada en clase.
Gemí mientras me quitaba su cazadora y se la entregaba para reemplazarla por la mía. La dobló sobre su brazo.
—Bueno, ¿qué le vas a decir?
—Una ayudita —supliqué—, ¿qué quiere saber?
Edward negó con la cabeza y esbozó una sonrisa malévola.
—Eso no es elegante.
—No, lo que no es elegante es que no compartas lo que sabes.
Lo estuvo reflexionando mientras andábamos. Nos detuvimos en la puerta de la primera clase.
—Quiere saber si nos estamos viendo a escondidas, y también qué sientes por mí —dijo al final.
— ¡Oh, no! ¿Qué debo decirle?
Intenté mantener la expresión más inocente. La gente pasaba a nuestro lado de camino a clase, probablemente mirando, pero apenas era consciente de su presencia.
—Humm —hizo una pausa para atrapar un mechón suelto que se había escapado del nudo de mi coleta y lo colocó en su lugar. Mi corazón resopló de hiperactividad—. Supongo que, si no te importa, le puedes decir que sí a lo primero... Es más fácil que cualquier otra explicación.
—No me importa —dije con un hilo de voz.
—En cuanto a la pregunta restante... Bueno, estaré a la escucha para conocer la respuesta.
Curvó una de las comisuras de la boca al esbozar mi sonrisa picara predilecta. Se dio la vuelta y se alejó.
—Te veré en el almuerzo —gritó por encima del hombro. Las tres personas que traspasaban la puerta se detuvieron para mirarme.
Colorada e irritada, me apresuré a entrar en clase. ¡Menudo tramposo! Ahora estaba incluso más preocupada sobre lo que le iba a decir a Jessica. Me senté en mi sitio de siempre al tiempo que lanzaba la cartera contra el suelo con fastidio.
—Buenos días, Bella —me saludó Mike desde el asiento contiguo. Alcé la vista para ver el aspecto extraño y resignado de su rostro. ¿Cómo te fue en Port Angeles?
—Fue... —no había una forma sincera de resumirlo—. Estuvo genial —concluí sin convicción——. Jessica consiguió un vestido estupendo.
— ¿Dijo algo de la noche del lunes? —preguntó con los ojos relucientes. Sonreí ante el giro que había tomado la conversación.
—Dijo que se lo había pasado realmente bien —le confirmé.
— ¿Seguro? —dijo con avidez.
—Segurísimo.
Entonces, el señor Masón llamó al orden a la clase y nos pidió que entregásemos nuestros trabajos. Lengua e Historia se pasaron de forma borrosa, mientras yo seguía preocupada sobre la forma en que iba a explicarle las cosas a Jessica. Me iba costar muchísimo si Edward estaba escuchando lo que decía a través de los pensamientos de Jessica. ¡Qué inoportuno podía llegar a ser su pequeño don cuando no servía para salvarme la vida!
La niebla se había disuelto hacia el final de la segunda hora, pero el día seguía oscuro, con nubes bajas y opresivas. Le sonreí al cielo.
Edward estaba en lo cierto, por supuesto. Jessica se sentaba en la fila de atrás cuando entré en clase de Trigonometría, casi botando fuera del asiento de pura agitación. Me senté a su lado con renuencia mientras me intentaba convencer a mí misma de que sería mejor zanjar el asunto lo antes posible.
— ¡Cuéntamelo todo! —me ordenó antes de que me sentara.
— ¿Qué quieres saber? —intenté salirme por la tangente.
— ¿Qué ocurrió anoche?
—Me llevó a cenar y luego me trajo a casa.
Me miró con una forzada expresión de escepticismo.
— ¿—Cómo llegaste a casa tan pronto?
—Conduce como un loco —esperaba que oyera eso—. Fue aterrador.
— ¿Fue como una cita? ¿—Le habías dicho que os reunierais allí?
No había pensado en eso.
—No... Me sorprendió mucho verle en Forks.
Contrajo los labios contrariada ante la manifiesta sinceridad de mi voz.
—Pero él te ha recogido hoy para traerte a clase... —me sondeó.
—Sí, eso también ha sido una sorpresa. Se dio cuenta de que la noche pasada no tenía la cazadora —le expliqué.
—Así que... ¿vais a salir otra vez?
—Se ofreció a llevarme a Seattle el sábado, ya que cree que mi coche no es demasiado fiable. ¿Eso cuenta?
—Sí —asintió.
—Bueno, entonces, sí.
—V—a—y—a —magnificó la palabra hasta hacerla de cuatro sílabas—. Edward Cullen.
—Lo sé —admití. «Vaya» ni siquiera se acercaba.
— ¡Aguarda! —alzó las manos con las palmas hacia mí como si estuviera deteniendo el tráfico—. ¿Te ha besado?
—No —farfullé—. No es de ésos.
Pareció decepcionada, y estoy segura de que yo también.
— ¿Crees que el sábado...? —alzó las cejas.
—Lo dudo, de verdad.
Oculté muy mal el descontento de mi voz.
— ¿Sobre qué hablasteis? —me susurró, presionándome en busca de más información. La clase había comenzado, pero el señor Varner no prestaba demasiada atención y no éramos las únicas que seguíamos hablando.
—No sé, Jess, de un montón de cosas —le respondí en susurros—. Hablamos un poco del trabajo de Literatura.
Muy, muy poco, creo que él lo mencionó de pasada.
—Por favor, Bella —imploró—. Dame algunos detalles.
—Bueno... De acuerdo. Tengo uno. Deberías haber visto a la camarera flirteando con él. Fue una pasada, pero él no le prestó ninguna atención.
A ver qué puede hacer Edward con eso.
—Eso es buena señal —asintió—. ¿Era guapa?
—Mucho, y probablemente tendría diecinueve o veinte años.
—Mejor aún. Debes de gustarle.
—Eso creo, pero resulta difícil de saber —suspirando, añadí en beneficio de Edward—. Es siempre tan críptico...
—No sé cómo has tenido suficiente valor para estar a solas con él —musitó.
— ¿Por qué?
Me sorprendí, pero ella no comprendió mi reacción.
—Intimida tanto... Yo no sabría qué decirle.
Hizo una mueca, probablemente al recordar esta mañana o la pasada noche, cuando él empleó la aplastante fuerza de sus ojos sobre ella.
—Cometo algunas incoherencias cuando estoy cerca de él —admití.
—Oh, bueno. Es increíblemente guapo.
Jessica se encogió de hombros, como si eso excusara cualquier fallo, lo cual, en su opinión, probablemente fuera así.
—El es mucho más que eso.
— ¿De verdad? ¿Como qué?
Quise haberlo dejado correr casi tanto como esperaba que se lo tomara a broma cuando se enterara.
—No te lo puedo explicar ahora, pero es incluso más increíble detrás del rostro.
El vampiro que quería ser bueno, que corría a salvar vidas, ya que así no sería un monstruo... Miré hacia la parte delantera de la clase.
— ¿Es eso posible?—dijo entre risitas.
La ignoré, intentando aparentar que prestaba atención al señor Varner.
—Entonces, ¿te gusta?
No se iba a dar por vencida.
—Sí —respondí de forma cortante.
—Me refiero a que si te gusta de verdad —me apremió.
—Sí ——dije de nuevo, sonrojándome.
Esperaba que ese detalle no se registrara en los pensamientos de Jessica. Las respuestas monosilábicas le iban a tener que bastar.
— ¿Cuánto te gusta?
—Demasiado —le repliqué en un susurro—, más de lo que yo le gusto a él, pero no veo la forma de evitarlo.
Solté un suspiro. Un sonrojo enmascaró el siguiente. Entonces, por fortuna, el señor Varner le hizo a Jessica una pregunta.
No tuvo oportunidad de continuar con el tema durante la clase y en cuanto sonó el timbre inicié una maniobra de evasión.
—En Lengua, Mike me ha preguntado si me habías dicho algo sobre la noche del lunes —le dije.
— ¡Estás de guasa! ¡¿Qué le dijiste?! —exclamó con voz entrecortada, desviada por completo su atención del asunto.
— ¡Dime exactamente qué dijo y cuál fue tu respuesta palabra por palabra!
Nos pasamos el resto del camino diseccionando la estructura de las frases y la mayor parte de la clase de español con una minuciosa descripción de las expresiones faciales de Mike. No hubiera estirado tanto el tema de no ser porque me preocupaba convertirme de nuevo en el tema de la conversación.
Entonces sonó el timbre del almuerzo. El hecho de que me levantara de un salto de la silla y guardase precipitadamente los libros en la mochila con expresión animada, debió de suponer un indicio claro para Jessica, que comentó:
—Hoy no te vas a sentar con nosotros, ¿verdad?
—Creo que no.
No estaba segura de que no fuera a desaparecer inoportunamente otra vez. Pero Edward me esperaba a la salida de nuestra clase de Español, apoyado contra la pared; se parecía a un dios heleno más de lo que nadie debería tener derecho. Jessica nos dirigió una mirada, puso los ojos en blanco y se marchó.
—Te veo luego, Bella —se despidió, con una voz llena de implicaciones. Tal vez debería desconectar el timbre del teléfono.
—Hola —dijo Edward con voz divertida e irritada al mismo tiempo. Era obvio que había estado escuchando.
—Hola.
No se me ocurrió nada más que decir y él no habló —a la espera del momento adecuado, presumí—, por lo que el trayecto a la cafetería fue un paseo en silencio. El entrar con Edward en el abigarrado flujo de gente a la hora del almuerzo se pareció mucho a mi primer día: todos me miraban.
Encabezó el camino hacia la cola, aún sin despegar los labios, a pesar de que sus ojos me miraban cada pocos segundos con expresión especulativa. Me parecía que la irritación iba venciendo a la diversión como emoción predominante en su rostro. Inquieta, jugueteé con la cremallera de la cazadora.
Se dirigió al mostrador y llenó de comida una bandeja.
— ¿Qué haces? —objeté—. ¿No irás a llevarte todo eso para mí?
Negó con la cabeza y se adelantó para pagar la comida.
—La mitad es para mí, por supuesto.
Enarqué una ceja.
Me condujo al mismo lugar en el que nos habíamos sentado la vez anterior. En el extremo opuesto de la larga mesa, un grupo de chicos del último curso nos miraron anonadados cuando nos sentamos uno frente a otro. Edward parecía ajeno a este hecho.
—Toma lo que quieras —dijo, empujando la bandeja hacia mí.
—Siento curiosidad —comenté mientras elegía una manzana y la hacía girar entre las manos—, ¿qué harías si alguien te desafiara a comer?
—Tú siempre sientes curiosidad.
Hizo una mueca y sacudió la cabeza. Me observó fijamente, atrapando mi mirada, mientras alzaba un pedazo de pizza de la bandeja, se la metía en la boca de una sola vez, la masticaba rápidamente y se la tragaba. Lo miré con los ojos abiertos como platos.
—Si alguien te desafía a tragar tierra, puedes, ¿verdad? —preguntó con condescendencia.
Arrugué la nariz.
—Una vez lo hice... en una apuesta —admití—. No fue tan malo.
Se echó a reír.
—Supongo que no me sorprende.
Algo por encima de mi hombro pareció atraer su atención.
—Jessica está analizando todo lo que hago. Luego, lo montará y desmontará para ti.
Empujó hacia mí el resto de la pizza. La mención de Jessica devolvió a su semblante una parte de su antigua irritación. Dejé la manzana y mordí la pizza, apartando la vista, ya que sabía que Edward estaba a punto de comenzar.
— ¿De modo que la camarera era guapa? —preguntó de forma casual.
— ¿De verdad que no te diste cuenta?
—No. No prestaba atención. Tenía muchas cosas en la cabeza.
—Pobre chica.
Ahora podía permitirme ser generosa.
—Algo de lo que le has dicho a Jessica..., bueno..., me molesta.
Se negó a que le distrajera y habló con voz ronca mientras me miraba con ojos de preocupación a través de sus largas pestañas.
—No me sorprende que oyeras algo que te disgustara. Ya sabes lo que se dice de los cotillas —le recordé.
—Te previne de que estaría a la escucha.
—Y yo de que tú no querrías saber todo lo que pienso.
—Lo hiciste —concedió, todavía con voz ronca—, aunque no tienes razón exactamente. Quiero saber todo lo que piensas... Todo. Sólo que desearía que no pensaras algunas cosas.
Fruncí el ceño.
—Esa es una distinción importante.
—Pero, en realidad, ése no es el tema por ahora.
—Entonces, ¿cuál es?
En ese momento, nos inclinábamos el uno hacia el otro sobre la mesa. Su barbilla descansaba sobre las alargadas manos blancas; me incliné hacia delante apoyada en el hueco de mi mano. Tuve que recordarme a mí misma que estábamos en un comedor abarrotado, probablemente con muchos ojos curiosos fijos en nosotros. Resultaba demasiado fácil dejarse envolver por nuestra propia burbuja privada, pequeña y tensa.
— ¿De verdad crees que te interesas por mí más que yo por ti? —murmuró, inclinándose más cerca mientras hablaba traspasándome con sus relucientes ojos negros.
Intenté acordarme de respirar. Tuve que desviar la mirada para recuperarme.
—Lo has vuelto a hacer —murmuré.
Abrió los ojos sorprendido.
— ¿El qué?
—Aturdirme —confesé. Intenté concentrarme cuando volví a mirarlo.
—Ah —frunció el ceño.
—No es culpa tuya —suspiré—. No lo puedes evitar.
— ¿Vas a responderme a la pregunta?
—Si.
— ¿Sí me vas a responder o sí lo piensas de verdad?
Se irritó de nuevo.
—Sí, lo pienso de verdad.
Fijé los ojos en la mesa, recorriendo la superficie de falso veteado. El silencio se prolongó.
Con obstinación, me negué a ser la primera en romperlo, luchando con todas mis fuerzas contra la tentación de atisbar su expresión.
—Te equivocas —dijo al fin con suave voz aterciopelada. Alcé la mirada y vi que sus ojos eran amables.
—Eso no lo puedes saber —discrepé en un cuchicheo. Negué con la cabeza en señal de duda; aunque mi corazón se agitó al oír esas palabras, pero no las quise creer con tanta facilidad.
— ¿Qué te hace pensarlo?
Sus ojos de topacio líquido eran penetrantes, se suponía que intentaban, sin éxito, obtener directamente la verdad de mi mente.
Le devolví la mirada al tiempo que me esforzaba por pensar con claridad, a pesar de su rostro, para hallar alguna forma de explicarme. Mientras buscaba las palabras, le vi impacientarse. Empezó a fruncir el ceño, frustrado por mi silencio. Quité la mano de mi cuello y alcé un dedo.
—Déjame pensar —insistí.
Su expresión se suavizó, ahora satisfecho de que estuviera pensando una respuesta. Dejé caer la mano en la mesa y moví la mano izquierda para juntar ambas. Las contemplé mientras entrelazaba y liberaba los dedos hasta que al final hablé:
—Bueno, dejando a un lado lo obvio, en algunas ocasiones... —vacilé—. No estoy segura, yo no puedo leer mentes, pero algunas veces parece que intentas despedirte cuando estás diciendo otra cosa.
No supe resumir mejor la sensación de angustia que a veces me provocaban sus palabras.
—Muy perceptiva —susurró. Y mi angustia surgió de nuevo cuando confirmó mis temores—, aunque por eso es por lo que te equivocas —comenzó a explicar, pero entonces entrecerró los ojos—. ¿A qué te refieres con «lo obvio»?
—Bueno, mírame —dije, algo innecesario puesto que ya lo estaba haciendo—. Soy absolutamente normal; bueno, salvo por todas las situaciones en que la muerte me ha pasado rozando y por ser una inútil de puro torpe. Y mírate a ti.
Lo señalé con un gesto de la mano, a él y su asombrosa perfección. La frente de Edward se crispó de rabia durante un momento para suavizarse luego, cuando su mirada adoptó un brillo de comprensión.
—Nadie se ve a sí mismo con claridad, ya sabes. Voy a admitir que has dado en el clavo con los defectos —se rió entre dientes de forma sombría—, pero no has oído lo que pensaban todos los chicos de esta escuela el día de tu llegada.
—No me lo creo... —murmuré para mí y parpadeé, atónita.
—Confía en mí por esta vez, eres lo opuesto a lo normal.
Mi vergüenza fue mucho más intensa que el placer ante la mirada procedente de sus ojos mientras pronunciaba esas palabras. Le recordé mi argumento original rápidamente:
—Pero yo no estoy diciendo adiós —puntualicé.
— ¿No lo ves? Eso demuestra que tengo razón. Soy quien más se preocupa, porque si he de hacerlo, si dejarlo es lo correcto —enfatizó mientras sacudía la cabeza, como si luchara contra esa idea—, sufriré para evitar que resultes herida, para mantenerte a salvo.
Le miré fijamente.
— ¿Acaso piensas que yo no haría lo mismo?
—Nunca vas a tener que efectuar la elección.
Su impredecible estado de ánimo volvió a cambiar bruscamente y una sonrisa traviesa e irresistible le cambió las facciones.
—Por supuesto, mantenerte a salvo se empieza a parecer a un trabajo a tiempo completo que requiere de mi constante presencia.
—Nadie me ha intentado matar hoy —le recordé, agradecida por abordar un tema más liviano.
No quería que hablara más de despedidas. Si tenía que hacerlo, me suponía capaz de ponerme en peligro a propósito para retenerlo cerca de mí. Desterré ese pensamiento antes de que sus rápidos ojos lo leyeran en mi cara. Esa idea me metería en un buen lío.
—Aún —agregó.
—Aún —admití. Se lo hubiera discutido, pero ahora quería que estuviera a la espera de desastres.
—Tengo otra pregunta para ti ——dijo con rostro todavía despreocupado.
—Dispara.
— ¿Tienes que ir a Seattle este sábado de verdad o es sólo una excusa para no tener que dar una negativa a tus admiradores?
Hice una mueca ante ese recuerdo.
—Todavía no te he perdonado por el asunto de Tyler, ya sabes —le previne—. Es culpa tuya que se haya engañado hasta creer que le voy a acompañar al baile de gala.
—Oh, hubiera encontrado la ocasión para pedírtelo sin mi ayuda. En realidad, sólo quería ver tu cara —se rió entre dientes. Me hubiera enfadado si su risa no hubiera sido tan fascinante. Sin dejar de hacerlo, me preguntó—: Si te lo hubiera pedido, ¿me hubieras rechazado?
—Probablemente, no —admití—, pero lo hubiera cancelado después, alegando una enfermedad o un tobillo torcido.
Se quedó extrañado.
— ¿Por qué?
Moví la cabeza con tristeza.
—Supongo que nunca me has visto en gimnasia, pero creía que tú lo entenderías.
— ¿Te refieres al hecho de que eres incapaz de caminar por una superficie plana y estable sin encontrar algo con lo que tropezar?
—Obviamente.
—Eso no sería un problema —estaba muy seguro—. Todo depende de quién te lleve al bailar —vio que estaba a punto de protestar y me cortó—. Pero aún no me has contestado... ¿Estás decidida a ir a Seattle o te importaría que fuéramos a un lugar diferente?
En cuanto utilizó el plural, no me preocupé de nada más.
—Estoy abierta a sugerencias —concedí—, pero he de pedirte un favor.
Me miró con precaución, como hacía siempre que formulaba una pregunta abierta.
— ¿Cuál?
— ¿Puedo conducir?
Frunció el ceño.
— ¿Por qué?
—Bueno, sobre todo porque cuando le dije a Charlie que me iba a Seattle, me preguntó concretamente si viajaba sola, como así era en ese momento. Probablemente, no le mentiría si me lo volviera a preguntar, pero dudo que lo haga de nuevo, y dejar el coche enfrente de la casa sólo sacaría el tema a colación de forma innecesaria. Y además, porque tu manera de conducir me asusta.
Puso los ojos en blanco.
—De todas las cosas por las que te tendría que asustar, a ti te preocupa mi conducción —movió la cabeza con desagrado, pero luego volvió a ponerse serio—. ¿No le quieres decir a tu padre que vas a pasar el día conmigo?
En su pregunta había un trasfondo que no comprendí.
—Con Charlie, menos es siempre más —en eso me mostré firme—. De todos modos, ¿adonde vamos a ir?
—Va a hacer buen tiempo, por lo que estaré fuera de la atención pública y podrás estar conmigo si así lo quieres.
Otra vez me dejaba la alternativa de elegir.
— ¿Y me enseñarás a qué te referías con lo del sol? —pregunté, entusiasmada por la idea de desentrañar otra de las incógnitas.
—Sí —sonrió y se tomó un tiempo—. Pero si no quieres estar a solas conmigo, seguiría prefiriendo que no fueras a Seattle tú sola. Me estremezco al pensar con qué problemas te podrías encontrar en una ciudad de ese tamaño.
Me ofendí.
—Sólo en población, Phoenix es tres veces mayor que Seattle. En tamaño físico...
—Pero al parecer —me interrumpió— en Phoenix no te había llegado la hora, por lo que preferiría que permanecieras cerca de mí.
Sus ojos adquirieron de nuevo ese toque de desleal seducción. No conseguí debatir ni con la vista ni con los argumentos lo que, de todos modos, era un punto discutible.
—No me importa estar a solas contigo cuando suceda.
—Lo sé —suspiró con gesto inquietante—. Pero se lo deberías contar a Charlie.
— ¿Por qué diablos iba a hacer eso?
Sus ojos relampaguearon con súbita fiereza.
—Para darme algún pequeño incentivo para que te traiga de vuelta.
Tragué saliva, pero, después de pensármelo un momento, estuve segura:
—Creo que me arriesgaré.
Resopló con enojo y desvió la mirada.
—Hablemos de cualquier otra cosa —sugerí.
— ¿De qué quieres hablar? —preguntó, todavía sorprendido.
Miré a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie nos podía oír. Mientras paseaba la mirada por el comedor, observé los ojos de la hermana de Edward, Alice, que me miraba fijamente, mientras que el resto le miraba a él. Desvié la mirada rápidamente, miré a Edward, y le pregunté lo primero que se me pasó por la cabeza.
— ¿Por qué te fuiste a ese lugar, Gota Rocas, el último fin de semana? ¿Para cazar? Charlie dijo que no era un buen lugar para ir de acampada a causa de los osos.
Me miró fijamente, como si estuviera pasando por alto lo evidente.
— ¿Osos? —pregunté entonces de forma entrecortada; él esbozó una sonrisa burlona—. Ya sabes, no estamos en temporada de osos —añadí con severidad para ocultar mi sorpresa.
—Si lees con cuidado, verás que las leyes recogen sólo la caza con armas—me informó.
Me contempló con regocijo mientras lo asimilaba lentamente.
— ¿Osos? —repetí con dificultad.
—El favorito de Emmett es el oso pardo —dijo a la ligera, pero sus ojos escrutaban mi reacción. Intenté recobrar la compostura.
— ¡Humm! —musité mientras tomaba otra porción de pizza como pretexto para bajar los ojos. La mastiqué muy despacio, y luego bebí un largo trago de refresco sin alzar la mirada.
—Bueno —dije después de un rato, mis ojos se encontraron con los suyos, ansiosos.
— ¿Cuál es tu favorito?
Enarcó una ceja y sus labios se curvaron con desaprobación.
—El puma.
—Ah —comenté con un tono de amable desinterés mientras volvía a tomar CocaCola.
—Por supuesto —dijo imitando mi tono—, debemos tener cuidado para no causar un impacto medioambiental desfavorable con una caza imprudente. Intentamos concentrarnos en zonas con superpoblación de depredadores... Y nos alejamos tanto como sea necesario. Aquí siempre hay ciervos y alces —sonrió con socarronería—. Nos servirían, pero ¿qué diversión puede haber en eso?
—Claro, qué diversión —murmuré mientras daba otro mordisco a la pizza.
—El comienzo de la primavera es la estación favorita de Emmett para cazar al oso —sonrió como si recordara alguna broma—. Acaban de salir de la hibernación y se muestran mucho más irritables.
—No hay nada más divertido que un oso pardo irritado —admití, asintiendo.
Se rió con disimulo y movió la cabeza.
—Dime lo que realmente estás pensando, por favor.
—Me lo intento imaginar, pero no puedo —admití—. ¿Cómo cazáis un oso sin armas?
—Oh, las tenemos —exhibió sus relucientes dientes con una sonrisa breve y amenazadora. Luché para reprimir un escalofrío que me delatara—, sólo que no de la clase que se contempló al legislar las leyes de caza. Si has visto atacar a un oso en la televisión, tendrías que poder visualizar cómo caza Emmett.
No pude evitar el siguiente escalofrío que bajó por mi espalda. Miré a hurtadillas a Emmett, al otro extremo de la cafetería, agradecida de que no estuviera mirando en mi dirección. De alguna manera, los prominentes músculos que envolvían sus brazos y su torso ahora resultaban más amenazantes.
Edward siguió la dirección de mi mirada y soltó una suave risa.
Le miré, enervada.
— ¿También tú te pareces a un oso? —pregunté con un hilo de voz.
—Más al puma, o eso me han dicho —respondió a la ligera—. Tal vez nuestras preferencias sean significativas.
Intenté sonreír.
—Tal vez —repetí, pero tenía la mente rebosante de imágenes contrapuestas que no conseguía unir—, ¿es algo que podría llegar a ver?
— ¡Absolutamente no!
Su cara se tornó aún más lívida de lo habitual y de repente su mirada era furiosa. Me eché hacia atrás, sorprendida —y asustada, aunque jamás lo admitiría— por su reacción. El hizo lo mismo y cruzó los brazos a la altura del pecho.
— ¿Demasiado aterrador para mí? —le pregunté cuando recuperé el control de mi voz.
—Si fuera eso, te sacaría fuera esta noche —dijo con voz tajante—. Necesitas una saludable dosis de miedo. Nada te podría sentar mejor.
—Entonces, ¿por qué? —le insté, ignorando su expresión enojada.
Me miró fijamente durante más de un minuto y al final dijo:
—Más tarde —se incorporó ágilmente—. Vamos a llegar con retraso.
Miré a mí alrededor, sorprendida de ver que tenía razón: la cafetería estaba casi vacía.
Cuando estaba a su lado, el tiempo y el espacio se desdibujaban de tal manera que perdía la noción de ambos. Me incorporé de un salto mientras recogía la mochila, colgada del respaldo de la silla.
—En tal caso, más tarde —admití.
No lo iba a olvidar.

COMPLICACIONES

Todo el mundo nos miró cuando nos dirigimos juntos a nuestra mesa del laboratorio. Me di cuenta de que ya no orientaba la silla para sentarse todo lo lejos que le permitía la mesa. En lugar de eso, se sentaba bastante cerca de mí, nuestros brazos casi se tocaban.
El señor Banner — ¡qué hombre tan puntual!— entró a clase de espaldas llevando una gran mesa metálica de ruedas con un vídeo y un televisor tosco y anticuado. Una clase con película. El relajamiento de la atmósfera fue casi tangible.
El profesor introdujo la cinta en el terco vídeo y se dirigió hacia la pared para apagar las luces.
Entonces, cuando el aula quedó a oscuras, adquirí conciencia plena de que Edward se sentaba a menos de tres centímetros de mí. La inesperada electricidad que fluyó por mi cuerpo me dejó aturdida, sorprendida de que fuera posible estar más pendiente de él de lo que ya lo estaba. Estuve a punto de no poder controlar el loco impulso de extender la mano y tocarle, acariciar aquel rostro perfecto en medio de la oscuridad. Crucé los brazos sobre mi pecho con fuerza, con los puños crispados. Estaba perdiendo el juicio.
Comenzaron los créditos de inicio, que iluminaron la sala de forma simbólica. Por iniciativa propia, mis ojos se precipitaron sobre él. Sonreí tímidamente al comprender que su postura era idéntica a la mía, con los puños cerrados debajo de los brazos. Correspondió a mi sonrisa. De algún modo, sus ojos conseguían brillar incluso en la oscuridad. Desvié la mirada antes de que empezara a hiperventilar. Era absolutamente ridículo que me sintiera aturdida.
La hora se me hizo eterna. No pude concentrarme en la película, ni siquiera supe de qué tema trataba. Intenté relajarme en vano, ya que la corriente eléctrica que parecía emanar de algún lugar de su cuerpo no cesaba nunca. De forma esporádica, me permitía alguna breve ojeada en su dirección, pero él tampoco parecía relajarse en ningún momento. El abrumador anhelo de tocarle también se negaba a desaparecer. Apreté los dedos contra las costillas hasta que me dolieron del esfuerzo.
Exhalé un suspiro de alivio cuando el señor Banner encendió las luces al final de la clase y estiré los brazos, flexionando los dedos agarrotados. A mi lado, Edward se rió entre dientes.
—Vaya, ha sido interesante —murmuró. Su voz tenía un toque siniestro y en sus ojos brillaba la cautela.
—Humm —fue todo lo que fui capaz de responder.
— ¿Nos vamos? —preguntó mientras se levantaba ágilmente.
Casi gemí. Llegaba la hora de Educación física. Me alcé con cuidado, preocupada por la posibilidad de que esa nueva y extraña intensidad establecida entre nosotros hubiera afectado a mi sentido del equilibrio.
Caminó silencioso a mi lado hasta la siguiente clase y se detuvo en la puerta. Me volví para despedirme. Me sorprendió la expresión desgarrada, casi dolorida, y terriblemente hermosa de su rostro, y el anhelo de tocarle se inflamó con la misma intensidad que antes. Enmudecí, mi despedida se quedó en la garganta.
Vacilante y con el debate interior reflejado en los ojos, alzó la mano y recorrió rápidamente mi pómulo con las yemas de los dedos. Su piel estaba tan fría como de costumbre, pero su roce quemaba.
Se volvió sin decir nada y se alejó rápidamente a grandes pasos.
Entré en el gimnasio, mareada y tambaleándome un poco. Me dejé ir hasta el vestuario, donde me cambié como en estado de trance, vagamente consciente de que había otras personas en torno a mí. No fui consciente del todo hasta que empuñé una raqueta. No pesaba mucho, pero la sentí insegura en mi mano. Vi a algunos chicos de clase mirarme a hurtadillas. El entrenador Clapp nos ordenó jugar por parejas.
Gracias a Dios, aún quedaban algunos rescoldos de caballerosidad en Mike, que acudió a mi lado.
— ¿Quieres formar pareja conmigo?
—Gracias, Mike... —hice un gesto de disculpa—. No tienes por qué hacerlo, ya lo sabes.
—No—te preocupes, me mantendré lejos de tu camino —dijo con una amplia sonrisa.
Algunas veces, era muy fácil que Mike me gustara.
La clase no transcurrió sin incidentes. No sé cómo, con el mismo golpe me las arreglé para dar a Mike en el hombro y golpearme la cabeza con la raqueta. Pasé el resto de la hora en el rincón de atrás de la pista, con la raqueta sujeta bien segura detrás de la espalda. A pesar de estar en desventaja por mi causa, Mike era muy bueno, y ganó él solo tres de los cuatro partidos. Gracias a él, conseguí un buen resultado inmerecido cuando el entrenador silbó dando por finalizada la clase.
—Así... —dijo cuando nos alejábamos de la pista.
—Así... ¿qué?
—Tú y Cullen, ¿en? —preguntó con tono de rebeldía. Mi anterior sentimiento de afecto se disipó.
—No es de tu incumbencia, Mike —le avisé mientras en mi fuero interno maldecía a Jessica, enviándola al infierno.
—No me gusta —musitó en cualquier caso.
—No tiene por qué —le repliqué bruscamente.
—Te mira como si... —me ignoró y prosiguió—: Te mira como si fueras algo comestible.
Contuve la histeria que amenazaba con estallar, pero a pesar de mis esfuerzos se me escapó una risita tonta. Me miró ceñudo. Me despedí con la mano y huí al vestuario.
Me vestí a toda prisa. Un revoloteo más fuerte que el de las mariposas golpeteaba incansablemente las paredes de mi estómago al tiempo que mi discusión con Mike se convertía en un recuerdo lejano. Me preguntaba si Edward me estaría esperando o si me reuniría con él en su coche. ¿Qué iba a ocurrir si su familia estaba ahí? Me invadió una oleada de pánico. ¿Sabían que lo sabía? ¿Se suponía que sabían que lo sabía, o no?
Salí del gimnasio en ese momento. Había decidido ir a pie hasta casa sin mirar siquiera al aparcamiento, pero todas mis preocupaciones fueron innecesarias. Edward me esperaba, apoyado con indolencia contra la pared del gimnasio. Su arrebatador rostro estaba calmado. Sentí peculiar sensación de alivio mientras caminaba a su lado.
—Hola —musité mientras esbozaba una gran sonrisa.
—Hola —me correspondió con otra deslumbrante—. ¿Cómo te ha ido en gimnasia?
Mi rostro se enfrió un poco.
—Bien —mentí.
— ¿De verdad?
No estaba muy convencido. Desvió levemente la vista y miró por encima del hombro. Entrecerró los ojos. Miré hacia atrás para ver la espalda de Mike al alejarse.
— ¿Qué pasa? —exigí saber.
Aún tenso, volvió a mirarme.
—Newton me saca de mis casillas.
— ¿No habrás estado escuchando otra vez?
Me aterré. Todo atisbo de mi repentino buen humor se desvaneció.
— ¿Cómo va esa cabeza? —preguntó con inocencia.
— ¡Eres increíble!
Me di la vuelta y me alejé caminando con paso firme hacia el aparcamiento a pesar de que había descartado dirigirme hacia ese lugar.
Me dio alcance con facilidad.
—Fuiste tú quien mencionaste que nunca te había visto en clase de gimnasia. Eso despertó mi curiosidad.
No parecía arrepentido, de modo que le ignoré.
Caminamos en silencio —un silencio lleno de vergüenza y furia por mi parte— hacia su coche, pero tuve que detenerme unos cuantos pasos después, ya que un gentío, todos chicos, lo rodeaban. Luego, me di cuenta de que no rodeaban al Volvo, sino al descapotable rojo de Rosalie con un inconfundible deseo en los ojos. Ninguno alzó la vista hacia Edward cuando se deslizó entre ellos para abrir la puerta. Me encaramé rápidamente al asiento del copiloto, pasando también inadvertida.
—Ostentoso —murmuró.
— ¿Qué tipo de coche es?
—Un M3.
—No hablo jerga de Car and Driver.
—Es un BMW
Entornó los ojos sin mirarme mientras intentaba salir hacia atrás y no atropellar a ninguno de los fanáticos del automóvil.
Asentí. Había oído hablar del modelo.
— ¿Sigues enfadada? —preguntó mientras maniobraba con cuidado para salir.
—Muchísimo.
Suspiró.
— ¿Me perdonarás si te pido disculpas?
—Puede... si te disculpas de corazón —insistí—, y prometes no hacerlo otra vez.
Sus ojos brillaron con una repentina astucia.
— ¿Qué te parece si me disculpo sinceramente y accedo a dejarte conducir el sábado? —me propuso como contraoferta.
Lo sopesé y decidí que probablemente era la mejor oferta que podría conseguir, por lo que la acepté:
—Hecho.
—Entonces, lamento haberte molestado —durante un prolongado periodo de tiempo, sus ojos relucieron con sinceridad, causando estragos en mi ritmo cardiaco. Luego, se volvieron picaros—. A primera hora de la mañana del sábado estaré en el umbral de tu puerta.
—Humm... Que, sin explicación alguna, un Volvo se quede en la carretera no me va a ser de mucha ayuda con Charlie.
Esbozó una sonrisa condescendiente.
—No tengo intención de llevar el coche.
— ¿Cómo...?
—No te preocupes —me cortó—. Estaré ahí sin coche.
Lo dejé correr. Tenía una pregunta más acuciante.
— ¿Ya es «más tarde»? —pregunté de forma elocuente. El frunció el ceño.
—Supongo que sí.
Mantuve la expresión amable mientras esperaba.
Paró el motor del coche después de aparcarlo detrás del mío. Alcé la vista sorprendida: habíamos llegado a casa de Charlie, por supuesto. Resultaba más fácil montar con Edward si sólo le miraba a él hasta concluir el viaje. Cuando volví a levantar la vista, él me contemplaba, evaluándome con la mirada.
—Y aún quieres saber por qué no puedes verme cazar, ¿no? —parecía solemne, pero creí atisbar un rescoldo de humor en el fondo de sus ojos.
—Bueno —aclaré—, sobre todo me preguntaba el motivo de tu reacción.
— ¿Te asusté?
Sí. Sin duda, estaba de buen humor.
—No —le mentí, pero no picó.
—Lamento haberte asustado —persistió con una leve sonrisa, pero entonces desapareció la evidencia de toda broma—. Fue sólo la simple idea de que estuvieras allí mientras cazábamos.
Se le tensó la mandíbula.
— ¿Estaría mal?
—En grado sumo —respondió apretando los dientes.
— ¿Por...?
Respiró hondo y contempló a través del parabrisas las espesas nubes en movimiento que descendían hasta quedarse casi al alcance de la mano.
—Nos entregamos por completo a nuestros sentidos cuando cazamos —habló despacio, a regañadientes—, nos regimos menos por nuestras mentes. Domina sobre todo el sentido del olfato. Si estuvieras en cualquier lugar cercano cuando pierdo el control de esa manera... —sacudió la cabeza mientras se demoraba contemplando malhumorado las densas nubes.
Mantuve mi expresión firmemente controlada mientras esperaba que sus ojos me mirasen para evaluar la reacción subsiguiente. Mi rostro no reveló nada.
Pero nuestros ojos se encontraron y el silencio se hizo más profundo... y todo cambió. Descargas de la electricidad que había sentido aquella tarde comenzaron a cargar el ambiente mientras Edward contemplaba mis ojos de forma implacable. No me di cuenta de que no respiraba hasta que empezó a darme vueltas la cabeza. Cuando rompí a respirar agitadamente, quebrando la quietud, cerró los ojos.
—Bella, creo que ahora deberías entrar en casa —dijo con voz ronca sin apartar la vista de las nubes.
Abrí la puerta y la ráfaga de frío polar que irrumpió en el coche me ayudó a despejar la cabeza. Como estaba medio ida, tuve miedo de tropezar, por lo que salí del coche con sumo cuidado y cerré la puerta detrás de mí sin mirar atrás. El zumbido de la ventanilla automática al bajar me hizo darme la vuelta.
— ¿Bella? —me llamó con voz más sosegada.
Se inclinó hacia la ventana abierta con una leve sonrisa en los labios.
— ¿Sí?
—Mañana me toca a mí —afirmó.
— ¿El qué te toca?
Ensanchó la sonrisa, dejando entrever sus dientes relucientes.
—Hacer las preguntas.
Luego se marchó. El coche bajó la calle a toda velocidad y desapareció al doblar la esquina antes de que ni siquiera hubiera podido poner en orden mis ideas. Sonreí mientras caminaba hacia la casa. Cuando menos, resultaba obvio que planeaba verme mañana.
Edward protagonizó mis sueños aquella noche, como de costumbre. Pero el clima de mi inconsciencia había cambiado. Me estremecía con la misma electricidad que había presidido la tarde, me agitaba y daba vueltas sin cesar, despertándome a menudo. Hasta bien entrada la noche no me sumí en un sueño agotado y sin sueños.
Al despertar no sólo estaba cansada, sino con los nervios a flor de piel. Me enfundé el suéter de cuello vuelto y los inevitables jeans mientras soñaba despierta con camisetas de tirantes y shorts. El desayuno fue el tranquilo y esperado suceso de siempre. Charlie se preparó unos huevos fritos y yo mi cuenco de cereales. Me preguntaba si se había olvidado de lo de este sábado, pero respondió a mi pregunta no formulada cuando se levantó para dejar su plato en el fregadero.
—Respecto a este sábado... —comenzó mientras cruzaba la cocina y abría el grifo.
Me encogí.
— ¿Sí, papá?
— ¿Sigues empeñada en ir a Seattle?
—Ese era el plan.
Hice una mueca mientras deseaba que no lo hubiera mencionado para no tener que componer cuidadosas medias verdades.
Esparció un poco de jabón sobre el plato y lo extendió con el cepillo.
— ¿Estás segura de que no puedes estar de vuelta a tiempo para el baile?
—No voy a ir al baile, papá.
Le fulminé con la mirada.
— ¿No te lo ha pedido nadie? —preguntó al tiempo que ocultaba su consternación concentrándose en enjuagar el plato.
Esquivé el campo de minas.
—Es la chica quien elige.
—Ah.
Frunció el ceño mientras secaba el plato.
Sentía simpatía hacia él. Debe de ser duro ser padre y vivir con el miedo a que tu hija encuentre al chico que le gusta, pero aún más duro el estar preocupado de que no sea así. Qué horrible sería, pensé con estremecimiento, si Charlie tuviera la más remota idea de qué era exactamente lo que me gustaba.
Entonces, Charlie se marchó, se despidió con un movimiento de la mano y yo subí las escaleras para cepillarme los dientes y recoger mis libros. Cuando oí alejarse el coche patrulla, sólo fui capaz de esperar unos segundos antes de echar un vistazo por la ventana. El coche plateado ya estaba ahí, en la entrada de coches de la casa.
Bajé las escaleras y salí por la puerta delantera, preguntándome cuánto tiempo duraría aquella extraña rutina. No quería que acabara jamás.
Me aguardaba en el coche sin aparentar mirarme cuando cerré la puerta de la casa sin molestarme en echar el pestillo. Me encaminé hacia el coche, me detuve con timidez antes de abrir la puerta y entré. Estaba sonriente, relajado y, como siempre, perfecto e insoportablemente guapo.
—Buenos días —me saludó con voz aterciopelada—. ¿Cómo estás hoy?
Me recorrió el rostro con la vista, como si su pregunta fuera algo más que una mera cortesía.
—Bien, gracias.
Siempre estaba bien, mucho mejor que bien, cuando me hallaba cerca de él. Su mirada se detuvo en mis ojeras.
—Pareces cansada.
—No pude dormir —confesé, y de inmediato me removí la melena sobre el hombro preparando alguna medida para ganar tiempo.
—Yo tampoco —bromeó mientras encendía el motor.
Me estaba acostumbrando a ese silencioso ronroneo. Estaba convencida de que me asustaría el rugido del monovolumen, siempre que llegara a conducirlo de nuevo.
—Eso es cierto —me reí—. Supongo que he dormido un poquito más que tú.
—Apostaría a que sí.
— ¿Qué hiciste la noche pasada?
—No te escapes —rió entre dientes—. Hoy me toca hacer las preguntas a mí.
—Ah, es cierto. ¿Qué quieres saber?
Torcí el gesto. No lograba imaginar que hubiera nada en mi vida que le pudiera resultar interesante.
— ¿Cuál es tu color favorito? —preguntó con rostro grave.
Puse los ojos en blanco.
—Depende del día.
— ¿Cuál es tu color favorito hoy? —seguía muy solemne.
—El marrón, probablemente.
Solía vestirme en función de mi estado de ánimo. Edward resopló y abandonó su expresión seria.
— ¿El marrón? —inquirió con escepticismo.
—Seguro. El marrón significa calor. Echo de menos el marrón. Aquí —me quejé—, una sustancia verde, blanda y mullida cubre todo lo que se suponía que debía ser marrón, los troncos de los árboles, las rocas, la tierra.
Mi pequeño delirio pareció fascinarle. Lo estuvo pensando un momento sin dejar de mirarme a los ojos.
—Tienes razón —decidió, serio de nuevo—. El marrón significa calor.
Rápidamente, aunque con cierta vacilación, extendió la mano y me apartó el pelo del hombro.
Para ese momento ya estábamos en el instituto. Se volvió de espaldas a mí mientras aparcaba.
— ¿Qué CD has puesto en tu equipo de música? —tenía el rostro tan sombrío como si me exigiera una confesión de asesinato.
Me di cuenta de que no había quitado el CD que me había regalado Phil. Esbozó una sonrisa traviesa y un brillo peculiar iluminó sus ojos cuando le dije el nombre del grupo. Tiró de un saliente hasta abrir el compartimiento de debajo del reproductor de CD del coche, extrajo uno de los treinta discos que guardaba apretujados en aquel pequeño espacio y me lo entregó.
— ¿De Debussy a esto? —enarcó una ceja. Era el mismo CD. Examiné la familiar carátula con la mirada gacha.
El resto del día siguió de forma similar. Me estuvo preguntando cada insignificante detalle de mi existencia mientras me acompañaba a Lengua, cuando nos reunimos después de Español, toda la hora del almuerzo. Las películas que me gustaban y las que aborrecía; los pocos lugares que había visitado; los muchos sitios que deseaba visitar; y libros, libros sin descanso.
No recordaba la última vez que había hablado tanto. La mayoría de las veces me sentía cohibida, con la certeza de resultarle aburrida, pero el completo ensimismamiento de su rostro y el interminable diluvio de preguntas me compelían a continuar. La mayoría eran fáciles, sólo unas pocas provocaron queme sonrojara, pero cuando esto ocurría, se iniciaba toda una nueva ronda de preguntas. Me había estado lanzando las preguntas con tanta rapidez que me sentía como si estuviera completando uno de esos test de Psiquiatría en los que tienes que contestar con la primera palabra que acude a tu mente. Estoy segura de que habría seguido con esa lista, cualquiera que fuera, que tenía en la cabeza de no ser porque se percató de mi repentino rubor.
Cuando me preguntó cuál era mi gema predilecta, sin pensar, me precipité a contestarle que el topacio. Enrojecí porque, hasta hacía poco, mi favorita era el granate. Era imposible olvidar la razón del cambio mientras sus ojos me devolvían la mirada y, naturalmente, no descansaría hasta que admitiera la razón de mi sonrojo.
—Dímelo —ordenó al final, una vez que la persuasión había fracasado, porque yo había hurtado los ojos a su mirada.
—Es el color de tus ojos hoy —musité, rindiéndome y mirándome las manos mientras jugueteaba con un mechón de mi cabello—. Supongo que te diría el ónice si me lo preguntaras dentro de dos semanas.
Le había dado más información de la necesaria en mi involuntaria honestidad, y me preocupaba haber provocado esa extraña ira que estallaba cada vez que cedía y revelaba con demasiada claridad lo obsesionada que estaba.
Pero su pausa fue muy corta y lanzó la siguiente pregunta:
— ¿Cuáles son tus flores favoritas?
Suspiré aliviada y proseguí con el psicoanálisis.
Biología volvió a ser un engorro. Edward había continuado con su cuestionario hasta que el señor Banner entró en el aula arrastrando otra vez el equipo audiovisual. Cuando el profesor se aproximó al interruptor, me percaté de que Edward alejaba levemente su silla de la mía. No sirvió de nada. Saltó la misma chispa eléctrica y el mismo e incesante anhelo de tocarlo, como el día anterior, en cuanto la habitación se quedó a oscuras.
Me recliné en la mesa y apoyé el mentón sobre los brazos doblados. Los dedos ocultos aferraban el borde de la mesa mientras luchaba por ignorar el estúpido deseo que me desquiciaba.
No le miraba, temerosa de que fuera mucho más difícil mantener el autocontrol si él me miraba. Intenté seguir la película con todas mis fuerzas, pero al final de la hora no tenía ni idea de lo que acababa de ver. Suspiré aliviada cuando el señor Banner encendió las luces y por fin miré a Edward, que me estaba contemplando con unos ojos que no supe interpretar.
Se levantó en silencio y se detuvo, esperándome. Caminamos hacia el gimnasio sin decir palabra, como el día anterior, y también me acarició, esta vez con la palma de su gélida mano, desde la sien a la mandíbula sin despegar los labios... antes de darse la vuelta y alejarse.
La clase de Educación física pasó rápidamente mientras contemplaba el espectáculo del equipo unipersonal de bádminton de Mike, que hoy no me dirigía la palabra, ya fuera como reacción a mi expresión ausente o porque aún seguía enfadado por nuestra disputa del día anterior. Me sentí mal por ello en algún rincón de la mente, pero no me podía ocupar de él en ese momento.
Después, me apresuré a cambiarme, incómoda, sabiendo que cuanto más rápido me moviera, más pronto estaría con Edward. La precipitación me volvió más torpe de lo habitual, pero al fin salí por la puerta; sentí el mismo alivio al verle esperándome ahí y una amplia sonrisa se extendió por mi rostro. Respondió con otra antes de lanzarse a nuevas preguntas.
Ahora eran diferentes, aunque no tan fáciles de responder. Quería saber qué echaba de menos de Phoenix, insistiendo en las descripciones de cualquier cosa que desconociera. Nos sentamos frente a la casa de Charlie durante horas mientras el cielo oscurecía y nos cayó a plomo un repentino aguacero.
Intenté describir cosas imposibles como el aroma de la creosota —amargo, ligeramente resinoso, pero aun así agradable—, el canto fuerte y lastimero de las cigarras en julio, la liviana desnudez de los árboles, las propias dimensiones del cielo, cuyo azul se extendía de uno a otro confín en el horizonte sin otras interrupciones que las montañas bajas cubiertas de purpúreas rocas volcánicas.
Lo más arduo de explicar fue por qué me resultaba tan hermoso aquel lugar y también justificar una belleza que no dependía de la vegetación espinosa y dispersa, que a menudo parecía muerta, sino que tenía más que ver con la silueta de la tierra, las cuencas poco profundas de los valles entre colinas escarpadas y la forma en que conservaban la luz del sol. Me encontré gesticulando con las manos mientras se lo intentaba describir.
Sus preguntas discretas y perspicaces me dejaron explayarme a gusto y olvidar a la lúgubre luz de la tormenta la vergüenza por monopolizar la conversación. Al final, cuando hube acabado dé detallar mi desordenada habitación en Phoenix, hizo una pausa en lugar de responder con otra cuestión.
— ¿Has terminado? —pregunté con alivio.
—Ni por asomo, pero tu padre estará pronto en casa.
— ¡Charlie! —de repente, recordé su existencia y suspiré. Estudié el cielo oscurecido por la lluvia, pero no me reveló nada—. ¿Es muy tarde? —me pregunté en voz alta al tiempo que miraba el reloj. La hora me había pillado por sorpresa. Charlie ya debería de estar conduciendo de vuelta a casa.
—Es la hora del crepúsculo —murmuró Edward al mirar el horizonte de poniente, oscurecido como estaba por las nubes.
Habló de forma pensativa, como si su mente estuviera en otro lugar lejano. Le contemplé mientras miraba fijamente a través del parabrisas. Seguía observándole cuando de repente sus ojos se volvieron hacia los míos.
—Es la hora más segura para nosotros —me explicó en respuesta a la pregunta no formulada de mi mirada—. El momento más fácil, pero también el más triste, en cierto modo... el fin de otro día, el regreso de la noche —sonrió con añoranza—. La oscuridad es demasiado predecible, ¿no crees?
—Me gusta la noche. Jamás veríamos las estrellas sin la oscuridad —fruncí el entrecejo—. No es que aquí se vean mucho.
Se rió, y repentinamente su estado de ánimo mejoró.
—Charlie estará aquí en cuestión de minutos, por lo que a menos que quieras decirle que vas a pasar conmigo el sábado...
Enarcó una ceja.
—Gracias, pero no —reuní mis libros mientras me daba cuenta de que me había quedado entumecida al permanecer sentada y quieta durante tanto tiempo—. Entonces, ¿mañana me toca a mí?
— ¡Desde luego que no! —Exclamó con fingida indignación—. No te he dicho que haya terminado, ¿verdad?
— ¿Qué más queda?
—Lo averiguarás mañana.
Extendió una mano para abrirme la puerta y su súbita cercanía hizo palpitar alocadamente mi corazón.
Pero su mano se paralizó en la manija.
—Mal asunto —murmuró.
— ¿Qué ocurre?
Me sorprendió verle con la mandíbula apretada y los ojos turbados. Me miró por un instante y me dijo con desánimo:
—Otra complicación.
Abrió la puerta de golpe con un rápido movimiento y, casi encogido, se apartó de mí con igual velocidad.
El destello de los faros a través de la lluvia atrajo mi atención mientras a escasos metros un coche negro subía el bordillo, dirigiéndose hacia nosotros.
—Charlie ha doblado la esquina —me avisó mientras vigilaba atentamente al otro vehículo a través del aguacero.
A pesar de la confusión y la curiosidad, bajé de un salto. El estrépito de la lluvia era mayor al rebotarme sobre la cazadora.
Quise identificar las figuras del asiento delantero del otro vehículo, pero estaba demasiado oscuro. Pude ver a Edward a la luz de los faros del otro coche. Aún miraba al frente, con la vista fija en algo o en alguien a quien yo no podía ver. Su expresión era una extraña mezcla de frustración y desafío.
Aceleró el motor en punto muerto y los neumáticos chirriaron sobre el húmedo pavimento. El Volvo desapareció de la vista en cuestión de segundos.
—Hola, Bella —llamó una ronca voz familiar desde el asiento del conductor del pequeño coche negro.
— ¿Jacob? —pregunté, parpadeando bajo la lluvia.
Sólo entonces dobló la esquina el coche patrulla de Charlie y las luces del mismo alumbraron a los ocupantes del coche que tenía enfrente de mí.
Jacob ya había bajado. Su amplia sonrisa era visible incluso en la oscuridad. En el asiento del copiloto se sentaba un hombre mucho mayor, corpulento y de rostro memorable..., un rostro que se desbordaba, las mejillas llegaban casi hasta los hombros, las arrugas surcaban la piel rojiza como las de una vieja chaqueta de cuero. Los ojos, sorprendentemente familiares, parecían al mismo tiempo demasiado jóvenes y demasiado viejos para aquel ancho rostro. Era el padre de Jacob, Billy Black. Lo supe inmediatamente a pesar de que en los cinco años transcurridos desde que lo había visto por última vez me las había arreglado para olvidar su nombre hasta que Charlie lo mencionó el día de mi llegada. Me miraba fijamente, escrutando mi cara, por lo que le sonreí con timidez. Tenía los ojos desorbitados por la sorpresa o el pánico y resoplaba por la ancha nariz. Mi sonrisa se desvaneció.
«Otra complicación», había dicho Edward.
Billy seguía mirándome con intensa ansiedad. Gemí en mi fuero interno. ¿Había reconocido Billy a Edward con tanta facilidad? ¿Creía en las leyendas inverosímiles de las que se había mofado su hijo?
La respuesta estaba clara en los ojos de Billy. Sí, así era.